Las instalaciones de entretenimiento contaban con actividades al aire libre como tiro, paseos a caballo, carritos chocones y cosas por el estilo.
Y ni hablar de las opciones bajo techo, que eran aún más variadas.
Aunque se le llamaba fiesta de celebración, parecía más un evento de integración de la empresa.
Quedaba claro que a Enzo se le daba muy bien eso de la diversión y el exceso, y no tenía ningún freno a la hora de gastar dinero.
¿Pero a quién no le gusta tener un jefe tan generoso?
¡Por lo menos hoy todos los empleados de CÉ estaban radiantes de felicidad!
El equipo de CÉ había estado trabajando a marchas forzadas últimamente. Al principio, ellos mismos dudaban del éxito de la pomada cicatrizante.
Incluso los especialistas de investigación que Enzo había traído a base de billetazos llegaron a pensar que todo esto no era más que el capricho de un niño rico con ganas de jugar al empresario.
Todos en ese equipo solían ser profesionales con grandes sueños y aspiraciones.
Pero al no ver resultados a corto plazo y enfrentarse a los recortes de presupuesto, su frustración había crecido bastante.
Sin inversión, no les quedaba más remedio que agachar la cabeza y buscar cómo sobrevivir.
Así que la llegada de Enzo fue como ganarse la lotería.
Aunque, en secreto, muchos de ellos sospechaban que la fórmula de la pomada cicatrizante había salido de algún lado turbio.
Al comenzar las pruebas, todos sentían una gran inconformidad trabajando en el proyecto.
Sin embargo, cuando comprobaron que las cicatrices de los voluntarios realmente se desvanecían, su perspectiva sobre ese joven rico cambió por completo.
Aun así, sabían bien que el mundo está lleno de excelentes productos que jamás logran consolidarse en el mercado.
Reconocían el valor de la fórmula, pero ¿qué pasaría con el área de ventas?
De igual manera, se consolaban pensando que como el muchacho tenía dinero de sobra, quizás esto era su forma de hacer caridad.
Eso era lo que la mayoría creía en el fondo.
Lo que no tomaban en cuenta era que, a veces, los instintos comerciales sí se heredan.
¿Cómo iba un chico criado en una familia dedicada a los negocios a embarcarse en un proyecto destinado al fracaso?
La educación, las conexiones y el entorno en el que había crecido estaban a un nivel que ellos difícilmente podrían alcanzar en toda su vida.
Dicho y hecho, nadie volvió a subestimar a Enzo.
Él podría haber soportado más las deudas, pero en su equipo había varias personas provenientes de otras ciudades, casi todos de clase media baja.
Si después de tres o cuatro años seguían en la ruina, ¿con qué cara volverían con sus familias?
Por todo esto, Asier le guardaba una inmensa gratitud a Enzo.
En conmemoración de la fiesta, las bonificaciones acababan de ser depositadas en sus cuentas bancarias.
Asier recibió cien mil pesos él solo, y su equipo recibió cantidades que variaban desde los diez mil hasta los cincuenta mil pesos por cabeza.
Sumando eso al pago de sus nóminas, ya todos contaban con solvencia suficiente para liquidar deudas y vivir con tranquilidad.
De hecho, acababa de escuchar a uno de sus muchachos llamando a su familia para avisarles de una transferencia de veinte mil pesos destinada a las colegiaturas de sus hermanos menores.
En su momento más bajo, no tenían un peso partido por la mitad. Ese chico, proveniente de una familia de un pueblo lejano, tenía a sus hermanos menores estudiando becados en la universidad.
No dispuesto a darse por vencido, el joven dividía su tiempo entre el laboratorio y repartir comida a domicilio en las noches para sobrevivir.
Poder enviarles veinte mil pesos de un solo golpe era un logro gigantesco para él.
—Sí, viene hoy —respondió Enzo, quien había llegado hasta Asier únicamente por recomendación de uno de los profesores de la Universidad de Viento Claro.

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