¿Mañana?
Cecilia frunció el ceño. De verdad que no tenía tiempo, así que no tomó la invitación.
—Lo siento, Sabrina, pero mañana ya tengo otros planes.
La sonrisa en el rostro de Sabrina estuvo a punto de desaparecer.
Hasta la fecha nadie le había rechazado una invitación, pero Cecilia le estaba saliendo con que tenía otros planes.
Sin embargo, pedirle que volviera a insistir sería demasiado para su orgullo.
Como Sabrina no dijo nada, era obvio que alguien más lo haría por ella.
Y, como siempre, fue el arrastrado de Jorge.
—Sabrina te está dando una invitación, te está haciendo un favor, ¡y todavía te atreves a rechazarla! ¿Quién te crees que eres?
Cecilia lo miró, incrédula. ¡Qué tipo tan imbécil!
—¿Acaso hay alguna regla que diga que es a fuerza ir a tu fiesta de cumpleaños? —le preguntó Cecilia directamente a Sabrina.
No bajó el tono de voz, por lo que al menos todos los que estaban cerca alcanzaron a escuchar.
Con eso, todos se enteraron de que Sabrina había invitado a Cecilia a su fiesta y que la habían bateado.
A Sabrina se le desencajó la cara; era más que evidente.
Incluso llegó a sentir algo de rencor hacia Jorge por andarle buscando problemas.
Primero le echó una mirada al muchacho y luego se dirigió a Cecilia.
—Para nada, Cecilia. Solo te estaba invitando, no es a la fuerza.
»Yo la verdad quería llevarme bien contigo, pero ya que tienes otros compromisos, ni hablar.
Si Cecilia se había atrevido a rechazarla, aunque luego se arrepintiera, Sabrina jamás le permitiría asomarse por su fiesta de cumpleaños.
No era la primera vez que Cecilia la dejaba en ridículo en público.
¡Se la pasaba una o dos veces, pero no tres!
Sabrina juró que jamás volvería a buscar a Cecilia por iniciativa propia.
Retiró la invitación a la velocidad del rayo, como si temiera que Cecilia cambiara de opinión en el último segundo.
Cecilia notó la molestia de Sabrina, pero, ¿a ella qué le importaba?
Simplemente no quería ir a esa fiesta.
Al día siguiente, la empresa de Enzo iba a festejar el éxito rotundo de su primera fase de ventas por internet.
¿Acaso le preocupaba que la niña bonita no estuviera pasando suficiente vergüenza?
Eso mismo era lo que estaba pensando Sabrina.
Tanto que deseaba que Jorge desapareciera de su vista para siempre.
—¿De qué te ríes? —Martina la volteó a ver.
Al contrario de la gente a su alrededor, ella no sentía lástima por Cecilia tras rechazar a Sabrina.
Quizás la familia Hernández estaba llena de vacas sagradas de la medicina, pero la mentora de Cecilia era toda una eminencia médica.
Martina veía a la maestra de Cecilia como a un ídolo y no consideraba que fuera inferior a nadie.
Por eso, a ella no le quitaba el sueño hacerse amiga de Sabrina como al resto.
Lo que sí le desconcertó fue ver a Cecilia muerta de risa.
Aunque no fuera el fin del mundo haber rechazado a Sabrina, era un hecho que ya se había ganado una enemiga.
—Me da mucha risa ese arrastrado, de verdad que no tiene idea de lo que quiere su princesita.
Martina no necesitó preguntar a quién se refería, porque ya se lo imaginaba.
Aunque, pensándolo bien, Cecilia tenía razón: un tipo como Jorge no era más que un vil perro faldero.

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