—Tienes razón. Si Emilio se quisiera casar, ya lo habría hecho. ¡Si sigue soltero es porque le da la gana!
Aunque Cecilia no conocía a Emilio en persona, sí conocía al señor Ezequiel.
Ezequiel era un romántico empedernido; había amado a su difunta esposa durante muchísimos años.
¿Cómo iba alguien con tanto amor en su corazón a obligar a su hijo adoptivo a hacer algo que no quería?
Incluso el compromiso de Agustín y Cecilia se formalizó solo después de que el señor Ezequiel le pidiera su opinión a Agustín.
Aunque él hizo todo lo posible por juntarlos, Cecilia estaba segura de que si Agustín se hubiera negado, el anciano no lo habría presionado.
En realidad, a Cecilia no le interesaba mucho la situación de Emilio. A fin de cuentas, los que deberían sentir remordimiento hacia él eran sus padres, que seguían desaparecidos.
La que sí estaba entusiasmada era Macarena; desde que se enteró de que Cecilia era hija de Luciana, se volvió mucho más atenta con ella.
Se moría de ganas por ver cómo era el papá de Cecilia.
Cecilia frunció el ceño.
—Con que me veas a mí es suficiente. Mi papá era tan guapo como yo.
Además, ella nunca había conocido en persona a Néstor Ortiz, solo había visto fotos suyas.
De nada servía que Macarena la estuviera molestando con eso.
—La verdad, lo que quería decirte es que mis papás, al enterarse de que eres hija de Luciana, quieren invitarte a cenar a la casa.
—No voy a ir —respondió Cecilia, dándole un bocado a su comida sin mucho interés.
Ya era viernes, y se corría el rumor de que el sábado sería la fiesta de cumpleaños de Sabrina, esa chica perfecta de la facultad de Medicina.
Todos los estudiantes de Medicina consideraban un gran honor recibir una invitación suya.
Hubo incluso quienes le preguntaron a Cecilia si la habían invitado.
¿A Cecilia? ¡Por supuesto que no!
No se llevaba con Sabrina, ¿por qué habría de invitarla?
Pero todos los de la facultad se morían por ir. Primero, porque Sabrina era la hija del subdirector y querían quedar bien con ella; y segundo, porque en la fiesta de su familia podrían codearse con los peces gordos del gremio médico.
Claro, tratándose de los veinte años de una joven, a lo mejor la fiesta no iba a ser tan exagerada.
¿Pero y si sí lo era?
Si lograban hacerse amigos de Sabrina, tendrían más oportunidades que el resto, ¿no?
Pero las otras chicas parecían detestarla sin razón alguna.
Las que lo demostraban de forma más obvia eran Regina y Carla, aunque la que de verdad no la soportaba era Teresa.
Las dos primeras solo estaban un poco ardidas, pero Teresa le tenía una envidia tremenda.
Cecilia no tenía la menor idea de qué les había hecho para ofenderlas.
Esa enemistad había surgido de la nada.
—Cecilia.
Hablando del rey de Roma...
Sabrina en persona se había acercado a buscar a Cecilia.
—¿Qué pasó, Sabrina? —Cecilia levantó la vista y la miró fijamente.
Tenía unos ojos increíblemente hermosos.
Al ser observada de esa manera, Sabrina incluso se quedó distraída por un par de segundos.
—Cecilia, mañana es mi cumpleaños y me encantaría que pudieras acompañarme en mi fiesta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana