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¡Cásate conmigo de nuevo! romance Capítulo 70

"Un vaso de jugo, por favor".

El mesero fue rápido y pronto le trajo el vaso de jugo a Leoncio.

Tomándola, él se la pasó a Clarisa: "¿Qué pasó, te duele el estómago? No tenía ni idea de que sufrías de eso".

Ella le dio un pequeño sorbo. El sabor suave del líquido era reconfortante en su estómago vacío y se sintió mucho mejor. Se giró hacia Leoncio con una sonrisa que le curvaba los ojos: "¿Desde cuándo te has vuelto tan maduro y cuidadoso?".

Leoncio, el quinto hijo de la familia, era apenas un par de años mayor que ella. Habían compartido escuela desde la primaria hasta la secundaria.

En la secundaria, ella se había saltado un grado y terminaron en la misma clase, y aunque en la preparatoria ella ya era mayor que Leoncio, siempre tuvieron una relación bastante tirante. De niños, nunca se llevaron bien y ella no recordaba cuántas veces él la había fastidiado en secreto. Antes de que él se fuera al extranjero, con el tiempo y algunas circunstancias, habían dejado atrás viejas rencillas y se habían vuelto más cercanos; el Leoncio que ella recordaba era un tipo bastante egocéntrico, que jamás se preocupaba por los demás.

"¿Me estás subestimando? Ahora soy un hombre con fans por todo el mundo, ¿crees que sigo siendo el mismo de antes?".

Clarisa alzó una ceja y chocaron sus vasos: "Brindo con jugo en lugar de licor por ti, Leoncio. ¡Felicidades por alcanzar tus sueños!".

En los ojos de ella había una alegría genuina, pero también un toque de melancolía. Su sueño de bailarina se había truncado cuatro años atrás. Después de su relación con Serafín, Rosalba la consideró una vergüenza y durante dos años casi no le permitió salir de casa, luego, al casarse con Serafín, la idea de volver a bailar en público se había desvanecido por completo.

Leoncio sonrió y le despeinó el cabello con cariño: "Tú también puedes hacerlo".

"Me temo que es demasiado tarde".

"Nunca es tarde para perseguir tus sueños, confía en mí", él vació su copa de un trago y Clarisa volvió a sonreír.

Los dos charlaban en voz baja, con una familiaridad natural. Serafín se inclinó para tomar su caja de cigarrillos de la mesa y se recostó en el respaldo de su silla de cuero con un aire despreocupado. Con un golpe seco en la base de la caja, un cigarrillo saltó, que él sujetó con sus dedos largos y delgados, lanzando la caja de vuelta a la mesa con un ruido que ensombreció brevemente el ambiente. Pero los dos que hablaban tan animadamente e íntimamente no se dieron por enterados.

Las miradas se cruzaron y del hombre emanó un susurro de humo blanco que velaba sus ojos, pero en la comisura de sus finos labios se dibujaba una sonrisa leve, burlona y despreocupada.

Clarisa apartó la vista, lo que no se veía, no se sentía, pero había alguien que no estaba dispuesto a dejarla en paz.

"Srta. Marín, ¿cómo es que usted y la Srta. Román están tan calladitas? Vamos a animarnos con un juego", era Ruby, quien había planeado cantar y dejar a todos con la boca abierta, pero Clarisa lo había arruinado.

"¡Claro que sí! ¿Cómo se juega?", Zaira respondió con entusiasmo.

"Algo sencillo, tiramos los dados y a quien le salga el número más bajo, pierde. El que pierde tiene que beber o responder una pregunta".

Clarisa pensó que era aburrido, y, además, Zaira estaba embarazada, no podía beber. Esperaba que ella rechazara la idea, pero para su sorpresa, ella aceptó de inmediato, incluso mirándola con desafío: "Hermana, no me dirás que tienes miedo de jugar, ¿verdad?".

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