Ella creía que era porque él no la amaba, que se negaba a enfrentarla.
Pero en ese momento, Clarisa de repente se dio cuenta de que había estado equivocada.
Si él no quisiera enfrentarla, debería haberse cubierto sus propios ojos, no obstruir su visión de esta manera.
Serafín pensaba que ella no lo amaba, por eso se había reprimido y aguantado tanto, temiendo asustarla.
Él decía amarla, pero ella nunca había podido sentirlo.
Curiosamente, en ese instante, ella parecía percibir todo el amor reprimido que él había guardado.
Quizás él tampoco era tan fuerte como ella pensaba, siempre en control y manejando todo con facilidad.
Él también tenía sus inseguridades y miedos...
De repente, Clarisa apretó la esquina de la mesa, sus uñas se clavaron en la textura de la madera, sintiendo un dolor agudo en su corazón.
Las lágrimas se desbordaron, saliendo de sus ojos cerrados.
Pensaba que era una lástima, que había entendido todo demasiado tarde.
Si ella hubiera sabido antes, tal vez podrían haberse entendido mejor, podrían haber construido confianza, y ella tendría el coraje suficiente para enfrentar cualquier tormenta con él.
Pero ya no había "si hubiera", tantas cosas habían sucedido, tantos obstáculos se habían interpuesto.
Las circunstancias habían cambiado, la confianza se había derrumbado.
Ella ya no era valiente, parecía que ambos no podían volver atrás.
La palma de Serafín estaba húmeda, su rostro había perdido su color, y con los ojos fuertemente cerrados, dejó un beso en la frente de Clarisa, con voz ronca se disculpó.
"Lo siento, no llores."
Luego tomó una manta ligera, envolvió a Clarisa y la levantó en brazos.
En el baño, el sonido del agua fluía suavemente. Clarisa había preparado un baño antes.
Ahora, el agua rebosaba, Serafín se inclinó para cerrar el grifo, chequeó la temperatura del agua y luego sumergió a Clarisa, aún envuelta en la manta, en la bañera.

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