Si Serafín pensaba que ella estaba haciendo un drama, pues iba a darle un drama de verdad.
Al menos así, él no tendría de qué pensar más.
Clarisa soltó una risa sarcástica y liberándose del agarre del hombre, se sentó erguida y le dijo.
"Sr. Cisneros, siempre tan ocupado y con mil cosas que hacer, si no vino de corazón a ver la obra, mejor ni hubiera venido."
Al escucharla, Serafín relajó un poco su mirada y suavizó la voz.
"¿Cómo que no vine de corazón? Tuve que salirme porque a Estela le dio un ataque de dolor fantasma en la pierna..."
Clarisa lo interrumpió con una risa fría, "Vaya, ese dolor fantasma sí que sabe escoger sus momentos..."
"¡Clarisa!"
Serafín de repente la interrumpió con voz baja pero firme, visiblemente molesto.
"¿Por qué estás siendo tan cruel?"
Serafín había visto cómo Estela sufría con ese dolor fantasma, sangrante y doloroso, eso no era algo que pudiera fingirse.
Clarisa se estremeció ante la repentina severidad del hombre, palideciendo y temblando ligeramente.
El hombre había estado tratándola con cariño y ternura últimamente, casi haciéndola creer que era verdad, casi olvidando que él nunca había sido un hombre de muchos sentimientos.
"Siempre he sido una persona cruel y egoísta, Sr. Cisneros solo está empezando a darse cuenta de eso ahora.
¿Qué pasa? ¿Descubriste que no soy tan encantadora y ya no puedes seguir con tu acto de amor? Pues deja de actuar, que hasta yo me canso por ti."
Ella esbozó una sonrisa irónica, sus ojos destilaban burla, pero el hielo que envolvía su corazón parecía haber sido golpeado, mostrando finalmente fisuras y dolor.
La mandíbula de Serafín se tensó, y en sus ojos se acumulaba una ira profunda.
Miraba a Clarisa como si quisiera devorarla, mientras ella lo miraba desafiante, con los ojos ligeramente enrojecidos.
"¡Sr. Cisneros, Sr. Cisneros, qué feo suena!"
Día tras día, escuchar eso le dolía la cabeza.
Después de un momento, Serafín dijo con voz fría, desviando la mirada.
Se llevó una mano a la frente, exasperado, sintiéndose incapaz de manejarla.
No podía ni gritarle, ni reprenderla, ni siquiera hablarle con un tono un poco más duro sin que ella le respondiera con palabras que lo dejaban sintiendo un dolor agudo en el alma.


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