El día de la boda, el cielo parecía no estar de fiesta.
El cielo oscuro, nubes plomizas colgando bajas y dispersas, creaban una atmósfera opresiva.
La boda se celebraba en un hotel cinco estrellas de Grupo Cisneros.
Mientras Clarisa se preparaba en el camerino, Serafín aún no había llegado.
"Bebe un poco de agua, no te pongas nerviosa, yo estaré contigo todo el tiempo."
Celeste, luciendo un vestido de dama de honor en rosa pálido, le pasó un vaso de agua tibia a Clarisa.
Clarisa lo tomó pero no bebió, solo le sonrió a Celeste diciendo: "Estoy bien, de verdad."
Clarisa sentía que Celeste estaba más nerviosa que ella, aunque ya estaba preparada para enfrentar cualquier cosa.
En ese momento, la puerta del camerino se abrió.
Clarisa miró hacia allá y se levantó de un salto, sonriendo.
"Ya llegaron."
Leoncio llegó vestido con un elegante traje blanco a medida, su corbata a cuadros resaltaba su porte distinguido y hasta su cabello parecía más brillante que de costumbre, capturando todas las miradas.
Delante de él, una mujer de mediana edad con una belleza serena, el cabello recogido en un moño y vestida con un elegante traje púrpura, era Eudosia, la señora Cisneros, madre de Leoncio.
"Clarita, primero que nada, felicidades a ti y a Serafín. Te he traído un regalo de bodas especial."
Eudosia, siempre dulce y cariñosa con Clarisa, le entregó una caja de terciopelo.
"¿Puedo abrirlo?"
"Claro que sí."
Al abrir la caja, Clarisa encontró un hermoso collar de rubíes.

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