"Oye, suéltame, soy yo", resonó una voz masculina familiar y grave sobre su cabeza.
Clarisa tardó en darse cuenta de que los brazos que la retenían también le eran conocidos.
Incluso podía oler la tranquilizante fragancia a pino que emanaba de él, estaba tan tensa que ni siquiera lo había notado.
Se relajó por completo, soltó lo que mordía y al mismo tiempo se apoyó en el abrazo de Serafín.
Serafín sacudió la mano que Clarisa había mordido, con una mirada de resignación.
"Vaya, ¿te has vuelto adicta a morder?"
Aún tenía la barbilla marcada por un mordisco anterior y ahora, en la palma de su mano, había una nueva marca de dientes, justo donde antes se había lastimado antes con una tarjeta de crédito.
La herida, apenas cicatrizada, se había reabierto por el mordisco de Clarisa, y la sangre manchaba su mano.
Clarisa agarró la mano de Serafín con asombro.
"No mordí tan fuerte, ¿cómo puede sangrar tanto?"
Al ver gotas de sangre caer al suelo, Clarisa tomó la muñeca de Serafín. "Vamos rápido a desinfectar y curar eso."
Ese tipo de herida no necesitaba una enfermera para ser atendida; Clarisa tenía yodo y vendas en casa. En el pasillo de cristal entre la consulta y las habitaciones, ayudó a Serafín con su herida.
Mientras le aplicaba el yodo en la palma de la mano, se dio cuenta de que la herida era un corte, no la mordida reciente.
"¿Cómo te hiciste esto?"
"¿Así que ahora te preocupas por mí?" Serafín esbozó una sonrisa, evitando su pregunta y cambiando de tema.
"¿Qué pasó hace un momento?"
Clarisa levantó la mirada, con una expresión complicada.
Serafín sintió que la forma en que lo miraba era extraña, como si estuviera viendo su cabello.
Se tocó la cabeza, preguntando, "¿Tengo algo ahí?"
Clarisa negó con la cabeza. "Estoy viendo si te salieron dos cuernos en la cabeza."
Serafín soltó una carcajada y, levantando su mano, apretó la barbilla de Clarisa, con la mirada ligeramente endurecida.
"¿Qué quieres decir? ¿Me estás poniendo los cuernos?"
Clarisa apartó la mano de él. "Ya nos divorciamos, ¿cómo te voy a poner los cuernos? Es tu querida Srta. Román."
"Clarita, ¿quién te enseñó a grabar escenas íntimas de otros? ¿Viste algo que no debías?"
La voz de Serafín estaba llena de descontento y acusación, y Clarisa se sintió confundida.
¿No debería estar furioso con Zaira? ¿No debería estar indignado con ella?
¿Por qué, en vez de culpar a Zaira, la estaba cuestionando a ella?
¿Acaso incluso después de lo que hizo Zaira, él seguía protegiéndola?
La voz de Clarisa se volvió más aguda. "¡Mira y escucha bien! Sefy, el bebé de Zaira no es tuyo. Ella te engañó y ocultó a su amante, todo por hacer que invirtieras en la familia Román."
Serafín miró la pantalla del teléfono, donde se veía a un hombre y una mujer desordenados y en una situación comprometedora.
Sólo miró dos veces y apagó el vídeo antes de que terminara de reproducirse.
El hombre jugueteó con sus dedos sobre la pantalla por un momento, reenviando el video a su propio dispositivo, eliminando cualquier rastro y borrando el video original.
Luego retiró la mano que había estado cubriendo los ojos de Clarisa.
"No estoy ciego ni sordo," dijo, entregándole el móvil a Clarisa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Cásate conmigo de nuevo!