"Ahora que el jovencito Serafín está soltero, no cambia nada, Sra. Cisneros. En mi familia hay una hija que pronto se graduará de Ivy League y regresará al país. Sería bueno si pudieran compartir un café con usted..."
"Hablemos de esto más tarde, no tengas prisa".
La voz de Rosalba resonó con gracia, mientras Serafín, con el rostro serio, se dirigía al salón de visitas.
"¿Cómo no va a haber prisa? Serafín ya casi llega a los treinta y tu ex nuera, en dos años de matrimonio, no ha dado señales de querer hijos... ¡Ay!"
En el salón, tres señoras estaban arreglando flores con Rosalba, y quien hablaba era la Sra. Arce.
No había terminado su frase cuando, al alzar la vista sin querer, vio a Serafín en la puerta.
El hombre llevaba una máscara negra que ocultaba su expresión, pero eso solo lo hacía ver aún más intimidante.
La Sra. Arce se sobresaltó, y se pinchó con una espina de rosa, brotando sangre al instante.
Su rostro se puso pálido y sonrió con incomodidad.
"Jovencito Serafín..."
Rosalba giró la cabeza y al ver a Serafín ahí, también se sorprendió. Dejó el ramo que estaba arreglando y se levantó con una sonrisa.
"Serafín, ¿por qué volviste? Tu mamá estaba aquí charlando con tus tías sobre tu matrimonio, todas están muy interesadas..."
La frase de Rosalba fue interrumpida por Serafín.
Su mirada era penetrante, y sin desviarla de la Sra. Arce, dijo con frialdad:
"¿Así que la familia de la Sra. Arce se reproduce poniendo huevos? No me sorprende que tengan dieciocho hijos, solo me pregunto cuántos de esos huevos los ha puesto la Sra. Arce personalmente."
El esposo de la Sra. Arce era conocido por ser romántico y descuidado, y tenía hijos fuera del matrimonio por doquier, pero la Sra. Arce solo había tenido una hija.
Las palabras de Serafín eran como un puñal directo al orgullo de la Sra. Arce, cuyo rostro se tornaba entre el verde y el blanco.
Abrió la boca para decir algo, pero al encontrarse con la mirada fría de Serafín, no se atrevió a emitir palabra.
Además, solo el mes pasado se enteró de que su marido tenía trece hijos ilegítimos. ¿Cómo que ahora eran dieciocho?
¡Qué bueno que lo mencionó! Parece que su propio esposo aún tenía secretos escondidos.
Pensando en ello, la Sra. Arce agarró su bolso y con vergüenza se marchó rápidamente. Necesitaba aclarar las cosas en casa.
La mirada de Serafín se desplazó hacia las otras dos señoras.
Pero en el fondo de los ojos de Serafín solo había frialdad mientras miraba a una Rosalba avergonzada y furiosa.
"¿Acaso alguna vez me has dado tú un ápice de dignidad, madre?"
"¿Cómo no te he dado...?"
Rosalba, furiosa y ahogada en su propia ira, fue interrumpida por la voz fría de Serafín.
"¡Recuerda que los esposos son uno! No solo no me has dejado dignidad, madre, sino que has pisoteado la reputación de la familia Cisneros!"
La voz de Serafín era profunda y severa.
Rosalba, presa del enojo, con tristeza y un poco de vergüenza, no sabía qué hacer bajo la imponente presencia de su hijo.
Ella nunca imaginó que, incluso estando a punto de divorciarse de Clarisa, Serafín aún saldría en defensa de esa chica y la protegería.
Ella, sin dar su brazo a torcer, dijo: "Si ya te estás divorciando de Clarisa, ¿qué tiene de malo que yo y mis amigas hablemos un poco sobre ella? ¿Acaso dije alguna mentira? ¿Era necesario que hicieras todo ese escándalo y echaras a mis invitadas?"
Al ver que ella seguía sin reconocer su error, Serafín pudo imaginar cómo había sido el trato hacia Clarisa durante esos dos años.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Cásate conmigo de nuevo!