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¡Cásate conmigo de nuevo! romance Capítulo 145

Esa voz le resultaba tan familiar a Clarisa.

Pero, ¿cómo podía ser posible? Esa persona debería estar pegada a Zaira sin moverse ni un milímetro.

Clarisa se sentía ridícula por pensar que estaba alucinando.

"¡Clarisa! Siempre has sido tú la que se las da de importante, ¿y ahora te haces la débil y la dolida?"

Sin embargo, la voz del hombre volvió a sonar sobre su cabeza.

Clarisa levantó lentamente la mirada, y fue justo entonces cuando Serafín se dio cuenta de que sus ojos estaban demasiado rojos e hinchados.

En especial el derecho, como si estuviera llorando lágrimas de sangre.

"¿Qué te pasó en el ojo?"

Con el ceño fruncido, Serafín se agachó con intención de tocar la mejilla de Clarisa.

Pero la mujer, que había estado como ausente, de repente reaccionó y, con fuerza, apartó la mano del hombre.

¡Paf!

El sonido crujiente golpeó el dorso de la mano de Serafín.

"¡Déjame! ¡No necesito tu ayuda!"

Clarisa bajó la cabeza, intentando levantarse del suelo con esfuerzo.

No quería seguir mostrándose desvalida frente a Serafín.

Su resistencia y rechazo hicieron que algo se apretara dentro de Serafín, y su expresión cambió varias veces.

¿Desde cuándo ella dejó de depender de él y empezar a alejarlo?

Lo único que sabía era que detestaba ese sentimiento, como si algo fuera de control y pánico creciera lentamente en su pecho.

"¡Haciendo un escándalo y ahora te haces la víctima! ¡No te muevas!"

El hombre habló con frialdad, pasando su brazo por las rodillas de Clarisa y levantándola en brazos.

Al sentirse suspendida en el aire, Clarisa cerró los ojos por el ardor, y por miedo instintivamente rodeó el cuello de Serafín con sus manos, pegando su frío cuerpo al de él.

El rostro de Serafín se fue calmando, y con cuidado la acomodó en el auto.

Ella estaba demasiado desaliñada.

Con el cabello y la ropa empapados, sucia de pies a cabeza, su pantalón rasgado en las rodillas mostrando manchas de sangre.

Bajo su cabello desordenado, su rostro pálido contrastaba con sus ojos hinchados y rojos, una mezcla de desafío y fragilidad.

"Vamos al hospital."

Serafín dio la orden con voz grave.

El auto aceleró inmediatamente, y la división se levantó en silencio.

Serafín alzó la mano y acarició la mejilla de Clarisa.

Era un gesto delicado, consolador, lleno de compasión.

Clarisa se quedó rígida, con Serafín apoyando su frente en la suya, soltando un suspiro ligero.

Su aliento rozó la punta de la nariz de Clarisa, haciéndole cosquillas, y él dijo.

"Me equivoqué, hermanita. No te enfades con tu hermano, estás lastimada, déjame verlo, ¿sí?"

Clarisa no sabía si lo que le dolía eran los ojos o bien el corazón.

Las lágrimas comenzaron a caer como una cascada, rodando entre sus mejillas, una a una, sobre la mano de Serafín que acariciaba su mejilla.

Era un calor que quemaba, y Serafín, sintiendo un nudo en la garganta, se sentía completamente desmoronado por su llanto.

"Está bien, déjame ver."

Levantó su barbilla y Clarisa no se apartó más.

El "hermanito" era su punto débil, no podía rechazar el calor que él le ofrecía.

Él era tan malo, y lo sabía...

Clarisa se sentía con un nudo en el pecho, anticipando su cuidado y cercanía.

Con el pulgar presionando su párpado inferior y la yema del dedo índice empujando el superior, él suavemente levantó los párpados de ella.

Se acercó para examinarla y Clarisa, a través de sus ojos empañados por las lágrimas, comenzó a distinguir con mayor claridad ese rostro apuesto que se agrandaba ante su vista.

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