Una risa cargada de sarcasmo escapó de sus labios:
—¿Qué pasa, señor Muñoz? ¿Jugando al héroe trágico o al salvador de damiselas?
El comentario destilaba veneno puro.
Y Diego lo sabía.
Era consciente de lo mal que se veía la situación: apenas lograba sacar a su madre y a su tía de la cárcel, y acto seguido, la madre de Amaya terminaba tras las rejas.
Cualquiera sospecharía que ambos eventos estaban conectados.
Y más aún Amaya, cuyo desprecio y odio hacia él ya habían cruzado todos los límites.
Pero...
Al enterarse de lo que había pasado con su suegra, no dudó en venir a toda prisa, con la esperanza de poder ayudar en algo.
Sabía que Amaya ya no lo necesitaba.
Sin embargo, su instinto y su corazón lo empujaban a querer protegerla.
—Puedes interpretarlo como prefieras —respondió él en voz baja.
Amaya volvió a reír con frialdad, apretando los puños con fuerza. Respiró hondo, intentando controlar la rabia.
Que su madre cayera presa justo cuando las hermanas Ponce eran liberadas... era demasiada coincidencia. No creía en las casualidades.
¿Para qué montaba Diego este patético show de preocupación? ¿A quién quería engañar?
Cuando ella más necesitaba de su amor en el pasado, él la trató como si fuera invisible. Y ahora, cuando ella ya lo había arrancado por completo de su corazón, de repente le sobraba el afecto.
Era como si dijera que, por mucho que ella lo odiara, él la seguiría amando como el primer día.
Pero el amor a destiempo era como un lujoso banquete que se había podrido; por más valioso que fuera en su momento, ahora solo daba asco.
Sin ganas de perder el tiempo, Amaya fue directo al grano:
—Diego, ¿tú o tu familia tuvieron algo que ver con lo que le pasó a Oro & Noche?
La respuesta de Diego fue rotunda:

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