Tan pronto como Amaya soltó esas palabras, los rostros de Diego y Leonor palidecieron.
La mirada altiva que Leonor tenía hace un segundo perdió toda su fuerza:
—¿Reni necesita un trasplante de médula?
Amaya no titubeó:
—Así es. Ustedes son sus familiares directos, por lo que tienen mayores probabilidades de ser compatibles. Ya que acabas de reconocer que por las venas de la niña corre sangre de los Muñoz, les pido que toda su familia se prepare para hacerse las pruebas. Quien resulte compatible, será el donante.
—Me imagino que no tendrán ningún problema con eso, ¿verdad?
Leonor se quedó muda, tragando saliva. Instintivamente, volteó a mirar a Diego.
Diego permaneció en su sitio. Sus ojos brillantes ocultaban una profunda conmoción, pero respondió con voz calmada:
—Está bien. Yo lo haré.
Leonor le tiró de la manga del traje casi de inmediato, haciéndole un gesto hacia la puerta para indicarle que necesitaban hablar a solas.
Diego entendió el mensaje y la siguió al pasillo.
Amaya observó cómo se alejaban, y una sonrisa cargada de sarcasmo se dibujó en sus labios.
Sofía se acercó y le susurró al oído:
—Ami, pero si Reni no tiene... ¿no les estás mintiendo con todo esto?
Amaya soltó una risa fría:
—Créeme, al final nadie de su familia va a querer donar. Incluso si Diego quiere hacerlo, ellos moverán cielo y tierra para detenerlo.
Sofía pareció entender de golpe y asintió con firmeza:
—¡Tienes razón! Toda esa familia es egoísta hasta la médula. Si no se preocuparon por Reni cuando estaba sana, ¡menos lo harán ahora que creen que está enferma!
Romeo intervino en voz baja:
—Si alguien de ellos realmente acepta, puedo pedirle a los médicos que modifiquen los resultados. Claro, si es que hay algún valiente.

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