Estas últimas palabras las gritó Ximena Chávez, cada sílaba cayendo con el peso del plomo y retumbando en los oídos como un trueno. Hizo que los corazones de todas las presentes dieran un salto.
Esas mujeres de la alta sociedad estaban acostumbradas a adular a los poderosos y pisar a los más débiles para salvarse, pero en su mayoría, aún conservaban algo de decencia.
Al ver que Ximena estaba dispuesta a manchar el nombre de su familia para gritar la verdad a los cuatro vientos, se pusieron en sus zapatos y comprendieron al instante de qué lado estaba la razón.
De manera casi instintiva, todas se agruparon detrás de Ximena. La Señora Valdés, secándose las lágrimas, se adelantó para tomarla de las manos:
—Señora Ortega, le pido disculpas; nos dejamos llevar por los chismes y juzgamos mal a su familia. No puedo creer que unas personas con un corazón tan noble hayan sido llevadas a este límite.
—¡Cuenta conmigo hasta el final!
—¡Yo también la apoyo, señora Ortega! ¡Cuánto debe haber sufrido!
—¿Qué familia aguantaría a una nuera como esta? ¡Es imperdonable! ¡Mi apoyo total para usted, señora Ortega!
—¡Todas estamos con usted!
...
Esta vez, sin pensarlo dos veces, el grupo completo de señoras se puso del lado de Ximena.
Las miradas que dirigían a Vera Ramos y a su grupo lanzaban dagas invisibles.
Vera sentía cómo aquellos reproches caían sobre ella como cuchillas. Hace poco sentía que el mundo estaba a sus pies, pero ahora, experimentaba por completo lo que era el destierro social.
Con el rostro ardiente por la vergüenza, hubiera deseado que la tierra se abriera y se la tragara viva.
Pero, justo en ese instante, una voz masculina, grave y poderosa, se abrió paso en la sala:

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