Ximena miraba el video y, sin poder evitarlo, las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa de completa fascinación.
¿Por qué sentía que la imagen era cada vez más agradable a la vista?
Pero antes de que pudiera asimilarlo, el siguiente clip se reprodujo automáticamente y su sonrisa se congeló de golpe.
En la pantalla, dentro de un auto tenuemente iluminado, el ambiente ardía. Romeo y Amaya se entregaban a un beso apasionado y desenfrenado, con ella atreviéndose a sentarse a horcajadas sobre él.
Como si una bomba hubiera estallado en su cabeza, Ximena sintió que perdía la razón.
La vista se le nubló. Se llevó las manos al pecho, sintiendo que le faltaba el aire.
¿Ese... ese era su hijo, el hombre siempre serio y recatado?!
Ambos parecían siempre tan profesionales... ¡¿Cómo era posible que protagonizaran una escena tan ardiente?!
Cuando Ximena logró calmar sus latidos, hizo clic en un artículo redactado con evidente saña.
El texto afirmaba con lujo de detalles que Romeo y Amaya eran amantes desde hacía tiempo, insinuando incluso que la hija de ella podría ser en realidad de Romeo. Decía que ambos habían destruido sus respectivos matrimonios para poder estar juntos.
¡Qué sarta de mentiras!
Ella conocía a su hijo. ¡Él jamás haría algo semejante!
Como madre, no iba a permitir que arrastraran el nombre de su hijo por el fango de esa manera.
Tras pasar la noche en vela, apenas amaneció, contactó directamente a su antiguo alumno y gran amigo de Romeo, Marcos Torres.
Ximena se presentó en el despacho de abogados de Marcos, cerró la puerta y ambos mantuvieron una charla confidencial durante toda la mañana.
Con las explicaciones de Marcos, Ximena comprendió la historia completa. Supo todo lo que había sucedido entre Amaya y Diego Muñoz, así como los detalles reales de su interacción con Romeo.
Al enterarse de que Diego había pasado el mes de reposo posparto cuidando a la exesposa de Romeo, ignorando por completo a su propia esposa y a su hija recién nacida, e incluso organizándole una fiesta al bebé de otro mientras despreciaba a su propia sangre, Ximena enfureció.
Durante toda la mañana, perdió la cuenta de cuántos golpes le dio a la mesa de centro.

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