Valeria Zaldívar le dio unas palmaditas en el hombro a Diego con total seguridad:
—Confía en mí. A una mujer tan arrogante como ella, solo tienes que hacerle probar el verdadero infierno para que entienda quién puede ser su salvador.
Diego no asintió al final. Necesitaba tiempo para pensar si realmente quería asestarle un golpe tan bajo a Amaya.
-
Al final del pasillo.
El rostro de Amaya Ibarra reflejaba frialdad. Insultar a Diego no le había traído ninguna satisfacción, solo un profundo y abrumador cansancio.
Estaba harta de ese desgaste emocional interminable.
Solo quería ser libre.
Solo faltaban dos días para que terminara el periodo de reflexión del divorcio.
Una vez superados esos dos días, cortaría por completo cualquier lazo con Diego. Cada quien por su lado, para no volver a verse jamás.
Solo pensar en eso le daba a su atormentado corazón un respiro que no sentía desde hacía mucho tiempo.
A su lado, Sofía Vargas seguía furiosa, como una tigresa a la que le habían pisado la cola:
—¡Ese Diego es el rey de los patanes! ¿Agarrar a cualquier mujer en el pasillo para besarla solo para darte asco?
—¡Qué jueguito tan patético! ¿De verdad cree que todavía te importa y que te vas a poner celosa por una estupidez así?
—¡Por favor! Debería verse en un espejo, ¿quién se cree que es?
Amaya esbozó una media sonrisa llena de amargura:
—A veces me pregunto qué clase de brujería me hicieron para estar tan perdidamente enamorada de él.
—Ahora me doy cuenta de que, cuando se rompe la ilusión, todos los hombres de ese tipo son iguales. Si les quitas esa fachada elegante, por dentro son igual de inmaduros, patéticos y aburridos.
Sofía le dio un golpecito en la frente, desesperada:

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