¡Se dieron cuenta de que las cosas se habían salido de control!
Los dos secuestradores, envueltos en una furia asesina, bajaron del auto en un instante con la intención de arrastrar a Amaya y a Sofía de vuelta al interior.
—¡Por favor, ayúdenme! ¡Se los suplico! ¡Son unos criminales! ¡Llamen a la policía!
Al ver la urgencia de la situación, varios conductores y trabajadores de la gasolinera dieron un paso al frente para intervenir. Sin embargo, para sorpresa de todos, ¡los secuestradores sacaron sus armas! El frío y oscuro cañón de las pistolas brilló bajo las luces de la gasolinera, provocando terror en los presentes.
—¡Atrás! ¡Que nadie se mueva! —gritó uno de ellos— ¡Es mi novia, es un pleito de pareja! ¡El que se meta se gana un tiro en la cabeza!
Mostrando sus verdaderas intenciones, los delincuentes amenazaron a la multitud con rostros desfigurados por la ira. Ante la visión de las armas de fuego, la gente retrocedió asustada. Nadie se atrevió a acercarse. Amaya abrió la boca para seguir pidiendo ayuda, pero el secuestrador ya le había puesto el cañón en la sien.
—¡Cállate, perra!
—Si abres la boca una vez más, ¡te mando al infierno ahora mismo! ¡Maldita sea, casi me arruinas el plan! ¡Te juro que...!
Mientras lanzaba maldiciones, el hombre le propinó una patada salvaje en el estómago. Amaya se dobló sobre sí misma, ahogando un grito de dolor. Un sudor frío perló su frente mientras la agonía la consumía. Ya nadie se atrevió a socorrerla, y fue arrastrada brutalmente de nuevo hacia la furgoneta. El delincuente le embutió un trapo sucio en la boca y le amarró las manos y los pies a toda prisa.

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