Pronto, todo se volvió oscuridad y perdió el conocimiento.
Cuando despertó con un dolor de cabeza insoportable, se encontró dentro de un vehículo. Tenía las manos y los pies atados. El corazón le dio un vuelco al escuchar al hombre que estaba sentado a su lado hablando por teléfono:
—Jefe, ya tenemos a las mujeres en la camioneta. ¿Cuál es el siguiente paso?
La voz sombría del hombre resonó claramente a través del altavoz, cargada de una lujuria repugnante:
—Llévenlas a la bodega del puerto. Esta noche, muchachos, les toca divertirse. Jajaja...
A Amaya se le heló la sangre. Instintivamente, miró a su alrededor. Era una furgoneta comercial común. Los hombres que iban en ella eran los mismos que las habían secuestrado en el bar. Uno conducía y el otro la vigilaba. Quizás creyendo que el fuerte sedante seguía haciendo efecto, el guardia no había sido muy estricto con sus ataduras; aún podía mover un poco las manos y los pies. Solo sentía las extremidades pesadas, como si estuvieran llenas de plomo. Sofía Vargas, a su lado, seguía profundamente dormida.
Si no lograban escapar antes de llegar a la bodega, las consecuencias serían impensables. Con mucho cuidado, Amaya movió su mano izquierda y presionó un botón en la pulsera de su muñeca derecha durante tres segundos. Era un dispositivo que Saúl le había dado antes de irse. Si corría peligro, solo tenía que mantener presionado ese botón para enviar una señal de alerta y activar el rastreo por GPS.
Uno, dos, tres...


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta