—Además, aunque el prestigio de la familia y el orgullo de mi hermano son importantes, ¡esta era la única manera de hundir a Amaya para siempre!
—Ya lo verás. Cuando la prensa publique la noticia, Amaya será odiada por todos y no podrá volver a levantar la cabeza en Solsepia.
El rostro de Melina rebosaba un placer retorcido.
No podía esperar a ver a Amaya siendo tratada como una criminal por toda la ciudad.
Vera chocó los cinco con ella, riendo y dándole la razón:
—Exacto. Leonor, no hay que tener miedo. Hicimos esto para abrirle los ojos a Diego.
—Si no actuábamos, Diego seguiría ciego de amor, negándose a firmar el divorcio y dejando que esa mujer le arruine la vida.
Vera miró a Diego con falsa pena:
—La verdad es que Diego se ve fatal últimamente. Me duele en el alma verlo sufrir así.
Leonor sintió una punzada de tristeza al ver el rostro cansado de su hermano.
Tenía mil cosas más que decir, pero al darse cuenta de que ya no había vuelta atrás, decidió callar.
Sin embargo, por nada del mundo creía que esa bebé fuera una bastarda.
Cuando Diego nació, Leonor había estado al lado de Josefa Ponce durante toda la cuarentena.
Recordaba a la perfección lo mucho que Reni se parecía a Diego cuando era un recién nacido. Eran como dos gotas de agua.
Por si fuera poco, al tramitarle el seguro de vida a la niña, Leonor había solicitado el expediente de nacimiento.
El documento indicaba que Reni era de sangre tipo B, exactamente igual que Diego y ella.

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