Mientras más lo pensaba, menos sentido tenía.
La forma tan directa y rápida en que Amaya lo admitió solo logró que Diego sintiera más angustia y desesperación.
Después de todo, era la mujer con la que había compartido cama durante cinco años.
Él conocía mejor que nadie lo orgullosa que era Amaya.
Una mujer que valoraba su reputación por encima de todo jamás admitiría, frente a un mar de periodistas, que le había sido infiel y que su hija era una bastarda.
A menos que...
Si Amaya no estaba mintiendo, significaba que alguien de su entorno lo había engañado. ¡Quizás esa prueba de ADN era completamente falsa!
Al pensar en eso, la mirada que Diego clavó en Vera se volvió aterradora.
La confesión de Amaya no lo había aliviado; al contrario, su pecho estaba a punto de explotar por la tensión.
Se giró bruscamente y la agarró por el cuello con una fuerza descomunal.
A Vera le faltaba el aire. Su rostro se puso rojo mientras arañaba los brazos de Diego, logrando soltar apenas unas palabras ahogadas:
—Di... Diego... suéltame...
Al ver eso, Melina palideció del susto y corrió para intentar aflojar los dedos de su hermano. Solo entonces Diego pareció despertar de su trance y la soltó.
Melina, todavía temblando, le gritó furiosa:
—Diego, ¿te volviste loco? ¿Ya no sabes distinguir entre tus aliados y tus enemigos?
—¡Amaya lo confesó con su propia boca! ¡Dijo frente a todos que te puso los cuernos y que esa niña es una bastarda!
—Te lo suplico, acepta la realidad y deja de ponerte en contra de tu familia por esa mujer, ¿quieres?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta