Vera soltó un grito y se apresuró a ayudar a Diego a levantarse, pero él la apartó bruscamente de un empujón.
La voz de Diego sonó grave y cargada de peligro. Señaló a Amaya con el dedo y pronunció cada palabra con resentimiento:
—Dime... ¿La niña es tuya y de Romeo?
Esta vez, Diego se lo preguntó directamente.
Esa duda había dado vueltas en su cabeza sin parar, y por fin la había escupido.
Amaya no podía creer lo que estaba escuchando.
Sintió como si Diego le hubiera clavado un hierro al rojo vivo en el pecho. Le dolía y le quemaba tanto la garganta que tuvo que ahogar un sollozo. Fue incapaz de articular una sola palabra.
Era un dolor indescriptible.
Una repugnancia insoportable.
Se lanzó hacia adelante y, a la vista de todos, levantó la mano y le cruzó la cara a Diego con una bofetada resonante.
Lo miró con tanto odio que parecía dispuesta a devorarlo vivo.
Un hilo de sangre comenzó a brotar de la comisura de los labios de Diego.
Ese golpe pareció aclararle la mente por un segundo. Clavó sus ojos en Amaya y dijo con voz áspera:
—¿Acaso... me equivoco?
Apenas dijo eso, Melina Muñoz perdió los estribos y se abalanzó hacia ellas.
Al ver a Amaya golpear a su hermano frente a tanta gente, se llenó de furia y levantó la mano para devolverle el golpe con saña.

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