Amaya levantó la mirada.
Vio a Melina Muñoz irrumpir con una actitud arrogante, seguida por un grupo de periodistas y escoltas de seguridad. En un segundo, los flashes y cámaras apuntaron hacia el interior del salón.
Esa acusación venenosa hizo que el corazón de Amaya diera un vuelco.
Amaya ignoró a Melina y posó su mirada lentamente en Diego. Sus ojos se clavaron en él y su voz sonó tan fría como el hielo:
—Diego, ¿escuchaste lo que acaba de decir tu hermana?
Diego le sostuvo la mirada, con el ceño profundamente fruncido.
Podía sentir con claridad el dolor desgarrador en los ojos de Amaya.
Para cualquier mujer, que acusaran a su hija de ser una bastarda era el peor de los insultos.
Por eso, antes de llegar a este punto, Diego había dudado.
Pero luego de lidiar con la fiesta de Vera, se había quedado en un rincón viendo cómo los familiares de Romeo salían del salón uno por uno.
Vio con sus propios ojos a Amaya y Romeo parados juntos en la entrada, despidiendo amablemente a los ancianos de la familia Ortega y a los invitados de honor.
Incluso vio a Romeo cargar a la niña con una ternura evidente, riendo y bromeando con Amaya.
Y mientras tanto, Beatriz, la Profesora Chávez y el Director Ortega los rodeaban jugando con la bebé. Parecían la familia perfecta.
En ese instante, la rabia y los celos que había reprimido toda la noche estallaron.
Sintió que ya no necesitaba una segunda prueba de ADN; la respuesta era más que evidente.
Si a eso le sumaba la actitud destructiva y distante de Amaya durante el último tiempo, todo cobraba sentido.
Era una traición en toda regla.
Amaya y Romeo tenían un amorío desde hacía tiempo, y la niña era de ellos.

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