Sofi no dudó en intervenir:
—Diego, si de verdad te importara, lo hubieras organizado tú mismo. Amaya armó todo esto por su cuenta, ¿por qué tendría que invitarte? Además, ¿cuándo le has prestado verdadera atención a la niña?
Diego se quedó callado.
¿Qué diablos significaba eso?
¿Su propia hija estaba celebrando su bautizo, sus antiguos mejores amigos estaban presentes, y él, el padre, ni siquiera era digno de recibir una invitación?
¡Diego sentía que la cabeza le iba a estallar de la furia!
Estaba a punto de perder los estribos cuando su celular comenzó a vibrar con insistencia.
Dio un paso atrás y contestó. Del otro lado se escuchaban los gritos histéricos de Melina:
—¡Diego! ¿Qué haces ahí parado? ¡Regresa de inmediato!
—¡Maldita sea! ¡Con que un bautizo, eh! ¡Y todavía se atreven a echarnos agua! ¡Juro que hoy le voy a arruinar su fiestecita! ¡Me dejo de llamar Melina si no lo hago!
—¡Escúchame bien, Diego! ¡Ya llamé a un montón de periodistas! ¡Voy a ventilar a los cuatro vientos que la hija de Amaya es una bastarda! ¡Y no te atrevas a detenerme!
—¡Si me detienes, te juro que dejas de ser mi hermano y dejas de ser hijo de mi madre!
Diego apretó los dientes, mientras una oscura furia comenzaba a invadir su rostro.
Se masajeó las sienes, sintiendo las palpitaciones de una jaqueca. Al escuchar que Melina había contactado a la prensa, olvidó su disputa con Amaya y corrió de regreso para apagar el incendio.
En el fondo, todavía tenía dudas sobre si la niña era suya o no.
A esas alturas, ya no confiaba en la palabra ni en los actos de nadie; la única forma de estar seguro era realizar una nueva prueba de paternidad él mismo.

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