La noche era silenciosa pero provocativa.
Ese ligero crujido hizo que la sangre de Diego se paralizara y sus oídos se agudizaran al máximo.
Poco después, sintió unos pasos silenciosos y, con ellos, un leve perfume seductor llegó hasta él.
En medio de la oscuridad, Diego abrió los ojos con asombro, sin atreverse a moverse ni un centímetro.
Su corazón se detuvo y luego comenzó a latir descontrolado, la sangre en sus venas ardía.
Parece que no era el único que no soportaba la soledad en esa casa.
Tanta resistencia fiera de hace un rato... ¿y ahora venía ella misma a entregarse en sus brazos?
Ah, las mujeres... siempre dicen una cosa pero sienten otra.
Diego sonrió en la oscuridad sin darse cuenta.
Enseguida, sintió un cuerpo cálido deslizándose desde su muslo hacia arriba, hasta abrazarlo con pasión, aferrándose firmemente a su pecho.
La mujer no se contuvo, pues su primer movimiento fue morder ligeramente el lóbulo de su oreja.
Vaya, qué pequeña fiera tan hambrienta.
Instintivamente, Diego bajó las manos para sostenerle la cintura, y justo entonces, los labios de la mujer bajaron desde la oreja hasta buscar los suyos.
Al mismo tiempo, su mano comenzó a deslizarse de forma atrevida hacia su abdomen...
Fue en ese preciso instante que él notó que algo andaba terriblemente mal.
La complexión, la postura, incluso la manera de besar... todo contrastaba brutalmente con los recuerdos que guardaba en su mente.
Amaya era del tipo tímido; nunca habría sido tan agresiva desde el inicio.
A ella le gustaba que él tomara el control, y él amaba ese sentimiento de poder al guiarla.
Pero esta mujer tenía la soltura y la actitud de alguien con demasiada experiencia, e incluso su olor era completamente diferente al de Amaya... se parecía más a...
¡Clic!
Diego encendió la lámpara de golpe.


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