Cuando la grabación llegó al momento en que él y Amaya estaban cantando, la mirada de Romeo se clavó en la entrada del lugar.
—Por favor, acércale ahí —dijo, señalando la pantalla—. Sí, justo a esa mujer.
El dueño hizo un acercamiento a la imagen y Romeo logró distinguir, aunque un poco borrosa, la cara de la mujer que estaba en la entrada.
Le bastó un segundo para que sus ojos se llenaran de furia. Se puso de pie de un salto y, mientras caminaba hacia la puerta, ordenó:
—Marcos, guarda todos los clips donde salga esta mujer. Asegura las pruebas. Ya sé quién está detrás de todo esto, iré a buscarla ahora mismo.
Romeo salió sin mirar atrás, y su silueta no tardó en perderse de vista.
Marcos se quedó con la boca abierta. Entrecerró los ojos, tratando de analizar a la mujer de la pantalla.
A simple vista parecía una persona cualquiera. Con la mala iluminación y los píxeles borrosos del video, era casi imposible distinguir sus facciones.
¿De verdad había logrado reconocerla con tan poco? «Por algo es diseñador, tiene un ojo de águila», pensó.
Aunque se quejó en silencio, Marcos obedeció las instrucciones de su amigo y se puso a trabajar con resignación.
No le quedaba de otra; cuando Romeo se ponía serio, hasta a un abogado tan experimentado como él le daba escalofríos.
Le costó bastante trabajo, pero logró rastrear todos los movimientos de la mujer por el campamento durante esa noche y respaldó la evidencia.
Al final, Marcos descubrió que justo en el lapso en el que todos se habían ido a cenar los cortes de carne, esa persona se había acercado a su tienda de campaña por unos instantes antes de marcharse a toda prisa.
Si bien la lona obstruía la vista y no se alcanzó a grabar el momento exacto en que adulteró la bebida, Romeo tenía razón: la actitud de aquella mujer era sumamente sospechosa.
***
Con el video en su poder, Vera se dirigió a la habitación de Diego en el hospital.

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