Todo sucedió demasiado rápido.
Romeo sintió que le zumbaban los oídos.
Su mente se quedó en blanco por completo.
Vio cómo aquellos labios se acercaban peligrosamente a los suyos, a milímetros de distancia.
En ese momento, el corazón de Romeo le latía a mil por hora, apenas y podía respirar. Sin saber qué hacer, la empujó con firmeza y le sujetó ambas manos.
¡Por poco! ¡Casi lo besaba!
Aún nervioso, respiró de forma agitada y tragó saliva.
Amaya todavía intentaba resistirse. El hombre aplicó un poco de fuerza y le inmovilizó las muñecas por encima de la cabeza. Estaba completamente fuera de sí, su rostro ardía y, aunque mantenía los ojos cerrados, no dejaba de retorcerse.
Con sus cuerpos tan pegados, Romeo podía sentir que la temperatura de Amaya era anormal.
Había algo muy extraño... Demasiado extraño.
Por muy mal que le cayera el alcohol, a lo mucho se desmayaría o vomitaría, no actuaría de esa manera.
¿Acaso alguien les había echado algo en la bebida cuando se pararon de la mesa?
En cuanto se le vino a la cabeza esa idea, sacó el celular y le marcó a Marcos.
En el otro coche.
Sofía ya se le había montado encima a Marcos como una fiera, dándole besos en la cara y en el cuello mientras sus manos lo exploraban y le jalaban la ropa de forma descontrolada.
Le desabrochó todos los botones de la camisa blanca y empezó a acariciarle el pecho y el abdomen con descaro.
—¡Carajo! —maldijo Marcos con voz ronca; se le cortó la respiración cuando la mano de ella se deslizó peligrosamente hacia abajo.
Intentó empujarla con todas sus fuerzas, pero entre más la apartaba, más se aferraba Sofía a su cuerpo, como si fuera chicle.

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