Sofía se la había pasado jugando a beber con Marcos, así que ya estaba bastante tomada y medio mareada.
Amaya asintió, le dio la razón con un «así es», y chocaron sus vasos. Se tomaron todo de un solo trago.
Empezó a sentirse un poco mareada, pero pensó que solo estaba muy cansada, así que se recargó en la silla.
En cuanto Sofía se terminó su vaso, también cayó rendida sobre su silla, completamente desmayada.
Romeo y Marcos se habían alejado a fumar un cigarro. Al regresar, se encontraron con que las dos mujeres ya estaban dormidas.
—Mira nomás a estas dos aguantando tan poquito... Parece que la fiesta de hoy se acabó temprano —sonrió Marcos de lado.
—Sí, ya es hora de irnos —asintió Romeo y miró su reloj.
La zona de acampada estaba a un kilómetro más o menos del estacionamiento.
Romeo se acercó y las movió un poco, pero ninguna de las dos reaccionó, como si estuvieran profundamente borrachas.
—Marcos, ¿te llevas a una y yo a la otra? —preguntó Romeo levantando una ceja, resignado, mientras señalaba hacia donde estaban los coches.
Marcos asintió y caminó directo hacia Amaya. Justo cuando se iba a agachar para cargarla, un brazo se interpuso en su camino.
—Yo me encargo de Ami. Tú asegúrate de llevar a la chaparrita a su casa, sana y salva —indicó Romeo tras desviar la mirada hacia Sofía.
—Ya decía yo que tú todavía... —A Marcos se le formó una sonrisa maliciosa en el rostro y le dio unas palmadas a Romeo en el hombro.
—Marcos, no inventes cosas. Eso le puede arruinar la reputación a Ami —lo interrumpió Romeo de inmediato, poniéndose muy serio.
—A los hombres no nos afecta que nos levanten falsos, pero para una mujer, a veces un solo chisme la mancha de por vida.

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