Diego sentía que le iba a estallar la cabeza.
Parecía un bombero apagando incendios; apenas controlaba un problema por un lado cuando ya estaba ardiendo otro por el otro.
Desde la mañana hasta el atardecer, no probó ni un trago de agua, consumido por completo por la ansiedad y el coraje.
Hasta que cayó la tarde.
Finalmente, no aguantó más y marcó ese número que se sabía de memoria.
Amaya ya llevaba dos días enteros sin ver a Renata.
Durante esos dos días, no dejaba de sentir un hueco en el estómago.
En su mente ya había tomado una decisión inquebrantable: antes de que anocheciera, tenía que ver a su hija.
Si Diego seguía negándose, iba a ir con gente a arrasar con la residencia de la familia Muñoz. ¡Así tuviera que arrebatársela a la fuerza, iba a recuperar a su hija!
Su celular vibró y en la pantalla apareció el nombre "Diego".
Contestó de inmediato, con una voz más fría que el hielo:
—¿Diego, ya entraste en razón?
Diego reprimió su coraje, con la voz ronca y grave:
—Amaya, el desplome de las acciones del Grupo Muñoz... ¿tiene algo que ver contigo o no?
Amaya soltó una risita ligera, con tono desinteresado:
—¿Tú qué crees?
Diego dio un fuerte golpe en el escritorio, provocando un gran estruendo:
—Ya investigué, el fondo que nos está atacando es "Aureum Capital", el número uno en Aquilinia. Y el que mueve los hilos detrás es Bill, el magnate financiero al que todos los millonarios le rinden respeto.
—Amaya, no te hagas la tonta. ¡No me creo que en unos cuantos días te hayas podido relacionar con alguien del nivel de Bill!
—Todo esto es solo una coincidencia, ¿verdad? Fue un fondo extranjero que de pura casualidad quiso acabar con el Grupo Muñoz y tú aprovechaste la situación, seguro es eso, ¿no?
Del otro lado de la línea, Amaya estuvo a punto de reírse de puro coraje.
La arrogancia y soberbia de Diego las traía grabadas en los huesos.
A pesar de que su imperio se estaba desmoronando, seguía sin querer aceptar que Amaya ya tenía el poder de aplastarlo.

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