El jefe de seguridad tenía el rostro helado, y su voz no reflejaba ni una pizca de calidez:
—Discúlpese.
Leonor no podía creer lo que escuchaba. Volteó la cabeza bruscamente, con las facciones torcidas por la furia:
—¿Qué te pasa? ¿Estás loco?
—¿No sabes quién te paga? ¡Abre bien los ojos y fíjate con quién estás hablando!
—¡Ah!
El jefe de seguridad no dijo nada más, ni le dedicó una sola mirada.
Los dos guardias a su lado se adelantaron al instante. Con movimientos rápidos y limpios, agarraron los brazos de Leonor por ambos lados y se los torcieron hacia la espalda.
«Crack».
Se escuchó el crujido seco de las articulaciones siendo forzadas.
Leonor nunca había recibido un trato tan brusco. El dolor agudo la hizo palidecer al instante, el sudor frío le escurría y casi se desmaya, pero seguía gritando de manera desgarradora.
Amaya se quedó pasmada unos segundos, el cambio de situación fue tan rápido que no supo cómo reaccionar.
Sofía le susurró rápidamente al oído; al entender lo que pasaba, no pudo evitar sonreír levemente, con un destello de satisfacción en los ojos.
Amaya dio un paso al frente y habló con frialdad:
—Leonor, ¿ya te quedó clara la situación?
Leonor la miró fijamente, incrédula:
—Amaya, a todos ellos los contrató Grupo Muñoz... ¿Cómo lo hiciste? ¡Es imposible!
Amaya estaba a punto de responder cuando una voz masculina, serena y profunda, se escuchó desde la puerta:
—Porque ahora reciben órdenes mías.
Amaya reconoció la voz y volteó gratamente sorprendida.
Ahí estaba Saúl, vestido con un traje oscuro hecho a la medida, con el rostro inexpresivo.
Era alto y fornido, parado firme como un roble, como un muro de acero.

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