Diego lo interrumpió tajantemente:
—¿Ah, sí? Yo pensaba que en sus ojos solo existía Romeo y que ya no me consideraban su amigo.
Camilo soltó una risa bastante incómoda:
—...Cómo crees, Diego, no te hagas ideas raras.
—No tengo tiempo ni ganas de beber. Vera acaba de llevarse un disgusto terrible, si llega a hacer alguna locura, ninguno de nosotros va a querer cargar con la culpa.
—Romeo, ya que a ti no te importa ir tras ella, tendré que hacerlo yo, como su primo. ¡Que a ti te valga madre no significa que a mí también!
Diego soltó su discurso con un tono solemne y repleto de justificaciones moralinas.
A Amaya le pareció insoportable, así que agitó la mano para correrlo:
—Si vas a ir, apúrate. No vaya a ser que a tu primita se le ocurra tirarse de un puente o algo y terminemos todos metidos en un problema.
Sofía también hizo un gesto con las manos, apurándolo sin disimular su molestia, deseando que esa "piedra en el zapato" llamada Diego se largara cuanto antes:
—Ya vete, no nos eches a perder la noche. Diego, ya no pintas nada aquí, ve a consolar a tu prima.
Romeo levantó su copa, manteniendo esa sonrisa fresca y relajada en su rostro:
—Venga, un brindis por todos ustedes. Les agradezco mucho el recibimiento de esta noche.
Diego se quedó parado en su lugar, sintiéndose como un mero espectador, totalmente excluido y convertido en un fantasma para el grupo.
A nadie le importaba si se quedaba o se iba.
Y menos aún les interesaba lo que pudiera pasarle a Vera.
De hecho, parecía que a todos les molestaba su presencia, deseando que se largara lo más rápido posible.
Esa indiferencia destrozó por completo el orgullo de Diego.
En toda su vida, nunca se había sentido tan aislado, tan minimizado ni tratado con tanto desprecio.
Apretó los puños con fuerza mientras recorría con la vista a todos en el lugar, hasta que clavó su mirada en Amaya. Sus ojos desprendían un resentimiento escalofriante.
Todavía no firmaban el divorcio, así que ella aún era su esposa.
Con ese pensamiento en mente, Diego se abalanzó hacia ella y le agarró la muñeca con violencia.
Antes de que Amaya pudiera reaccionar, Diego se la echó al hombro de un tirón, levantándola sin decir ni media palabra.
Tomada por sorpresa, Amaya comenzó a forcejear desesperadamente:
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