Como Villa Jardín del Edén seguía en remodelación, Diego se estaba quedando allí últimamente.
Llevó a Amaya en brazos con muchísimo cuidado todo el camino: desde el coche hasta el elevador, y del elevador a la recámara principal. Al final, la recostó con delicadeza en su enorme cama King Size.
Amaya no se despertó en ningún momento; su sueño era pesado y profundo.
Diego sonrió satisfecho. Fue rápido al baño a darse una ducha y se puso una pijama cómoda.
Luego, se metió entre las sábanas, deslizó el brazo con cuidado por debajo del cuello de Amaya, la abrazó suavemente y cerró los ojos.
Era una sensación tan familiar, una que llevaba mucho tiempo extrañando.
Diego se sintió un poco aturdido; le parecía que había pasado casi un siglo desde la última vez que Amaya y él habían dormido juntos.
La alegría de recuperar algo perdido hace que uno lo valore todavía más.
En ese momento, abrazaba a Amaya como si fuera el tesoro más raro del mundo. No quería soltarla, pero tampoco se atrevía a sobrepasarse; solo la sostenía con suavidad, aterrado de despertar a su bella mujer.
La habitación estaba en penumbras. La ropa de cama era de seda, suave y resbaladiza contra la piel.
Él le había quitado la blusa y el pantalón exterior con muchísimo cuidado; debajo, ella seguía usando lo de siempre: una camiseta blanca de tirantes y un shortcito de algodón.
Amaya tenía ese tipo de figura que engaña con la ropa: a simple vista se veía delgada, pero al desvestirse era suave y con curvas bien puestas.
Abrazarla para dormir era como abrazar la almohada más suave del mundo, algo que a Diego le encantaba.
Diego estaba exhausto, no daba más de sueño.
En ese preciso instante, abrazando a Amaya, se sintió como un barco en ruinas que, tras naufragar mucho tiempo en el mar, por fin había encontrado su puerto.
El sueño lo venció por completo y pronto se quedó profundamente dormido con una sonrisa de satisfacción.

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