En la otra habitación del hospital.
Vera y Sonia estaban juntas, con cara de preocupación.
—¿Qué vamos a hacer esta vez, mamá? —dijo Vera—. ¿Cómo es posible que Amaya de pronto se haya vuelto tan mañosa? ¡Pudo conseguir las pruebas en donde le pagábamos a la gente para provocar el incendio en menos de nada! Ahora la tía Josefa y mi primo están fúricos con nosotras.
Vera soltó un largo suspiro, sintiéndose más desesperada que nunca:
—¡Teníamos planeado jugar a nuestro favor, pero nos salió el tiro por la culata! ¡Y ahora encima le tenemos que pagar un dineral!
Sonia miró a Vera con cierto coraje:
—¿Y qué querías que hiciéramos? Las cosas ya están hechas, si no pagamos el dinero, Amaya nos manda directito a la cárcel. Todo esto es culpa tuya, si desde un principio te hubieras alejado de Diego, no nos estarían pasando estas desgracias.
Vera hizo un puchero, incapaz de contenerse ante la injusticia:
—¡Mamá, ¿por qué me echas la culpa de todo a mí?! ¡Está clarísimo que todo esto fue obra de Amaya!
Vera frunció el ceño:
—De todos modos, se me hace súper raro que de la noche a la mañana se haya vuelto tan movida. Mamá, yo digo que trae algo o a alguien entre manos... ¡Tenemos que averiguar qué es!
Sonia se frotó las sienes:
—Ese chavo que siempre anda de pegoste con ella... Saúl, ¿verdad? Se ve que es de armas tomar. Amaya y Beatriz no tendrían ni para pagarle a alguien como él, conociendo la situación en la que están.
—Vera, no podemos seguir quedándonos de brazos cruzados. Tenemos que buscar un buen respaldo.
Vera seguía angustiadísima:
—Papá no está dispuesto a mover ni un dedo por nosotras, y mucho menos podemos decirle en la porquería que andamos metidas, o nos cuelga vivas. Y en las condiciones en las que estamos, ¿quién nos va a querer ayudar?
Sonia se quedó pensativa unos segundos, y de repente se le vino alguien a la mente:
—Verita, conozco a alguien. Si él acepta apoyarnos, Amaya y Beatriz se van a ir al hoyo.
—Mamá, ¿quién? —Vera sintió un repentino ataque de curiosidad.


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