C66-YO SIEMPRE GANO.
Jodie se quedó helada y de la nada el corazón le dio un vuelco.
—¿Braxton? ¿Cómo… cómo conseguiste mi número?
Del otro lado, Braxton sonrió mientras se recostaba en la silla del ático.
—Cuando quiero algo, voy por ello, preciosa… Y yo tengo muy claro lo que quiero.
Un cosquilleo traicionero le subió por el estómago, haciendo que Jodie apretara los labios.
—No soy tu preciosa. Y esto es acoso. Adiós.
Cortó la llamada, pero antes de que pudiera dejar el teléfono, llegó un mensaje.
—Tienes razón. No eres mi preciosa… todavía. Pero esa pulsera se vería mucho mejor si la llevaras puesta mientras cenamos juntos algún día.
Jodie miró la pantalla y, a pesar de todo, una sonrisa tonta se le escapó.
—Idiota… —murmuró.
Se dejó caer en el sofá y bebió un trago largo de vino y tecleó rápido, fingiendo fastidio.
—No tengo tiempo para idiotas que roban números de teléfono. ¿Acaso no duermes? Dicen que es necesario para no volverse idiota.
—Tú mereces que pierda mis horas de sueño, Jodie. Mereces todo lo que pueda dar.
Por un momento se quedó mirando esas palabras, y de repente ella soltó una risa más fuerte de lo que esperaba y negó con la cabeza.
—Tonto… —musitó, mientras tecleaba una respuesta.
Así pasó una hora.
Para cuando se dio cuenta, se había bebido casi toda la botella y estaba metida en una conversación con el amigo de Ian. Descubrieron que a ambos les gustaban los autos de carrera, el salmón bien hecho y las películas románticas cursis.
Quién lo diría.
En el ático, Ian se abotonó la camisa y miró a su amigo, que ya recogía las llaves del auto.
—¿Adónde vas?
Braxton se acomodó las gafas negras y chasqueó la lengua.
—Hoy te vas en taxi, amigo. Tengo un asunto que atender.
Ian levantó una ceja.
—¿Asunto? ¿Qué asunto?
Braxton le guiñó un ojo.
—Se dice el pecado, mas no el pecador…
Se dirigió a la puerta y agregó por encima del hombro.
—Saludos a tu esposa, que te espera para cenar.
Cuando Braxton desapareció, Ian miró su reloj y maldijo por lo bajo.
Braxton bufó con una risa baja y se giró hacia ella.
—Bueno, técnicamente soy el reemplazo de tu novio. Por eso fue que me invitaste, ¿no? —continuó él, dando un paso más cerca—. Porque él te hizo algo y estás enojada.
Jodie bajó la mirada, avergonzada.
Braxton tenía razón.
Lo había invitado porque estaba furiosa con Elias, porque quería que alguien le dijera cosas bonitas, porque necesitaba sentirse deseada aunque no lo admitiera en voz alta.
—Si quieres irte… —empezó ella.
Pero Braxton ya estaba delante y demasiado cerca. Extendió la mano y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja con una lentitud que la desarmó.
—No me molesta —dijo bajo—. Solo que… acabas de darme una oportunidad aunque no lo veas. Y yo… soy muy competitivo, Jodie.
Su mano bajó por su mejilla en una caricia suave y terminó en su labio inferior, rozándolo con el pulgar, los ojos azules de Braxton se oscurecieron detrás de las gafas.
—Y yo, siempre gano.
El corazón de Jodie latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
Tragó saliva.
Sabía que en este momento debería mencionar a Elias, decir que tenía novio, que esto estaba mal, pero… ¿Por qué las palabras no salían?
Solo podía sentir el calor de esa mano en su cara y el cosquilleo que le bajaba por la espalda y lo peor de todo… es que le gustaba.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!