C27: LA CURA ERES TÚ.
En otra parte de la gala, Arthur se refugió en la penumbra del jardín y frente a él, la mujer del vestido rojo estrujaba su bolso, a su lado, la joven asiática mantenía la vista fija en sus propios pies, entrelazando los dedos con fuerza.
—No me dijiste que era casado —soltó la mujer de rojo, su voz quebrándose en un susurro—. Esa mujer... casi me arranca la piel con la mirada. Y… no me pagan lo suficiente para esto.
La asiática dio un paso al frente, temblando.
—Yo hice mi parte, señor. El polvo se disolvió por completo y bebió. No es mi culpa que ella apareciera antes de que la droga lo anulara.
Arthur estrelló su copa de cristal contra un macetero de piedra. El estallido hizo que ambas mujeres saltaran. Dio un paso hacia ellas, sus ojos reducidos a dos ranuras de odio puro.
—Cállense las dos —siseó—. Son un par de incompetentes. Tenían una sola tarea: ponerlo en una situación comprometedora y sacarlo de la gala. ¡Y fallaron!
Apretó los puños, con la mandíbula rígida mientras observaba el rastro de luces del auto de Ian alejándose, entonces una sonrisa torcida y malvada le deformó los labios.
—Afortunadamente… todavía me queda alguien —murmuró para sí mismo, ignorando a las mujeres—. Y estoy seguro de que este no fallará. Necesito a Savanna sola, desprotegida y ¡con el maldito corazón roto!
A kilómetros de allí, el Bentley negro cortaba el aire de Manhattan. Savanna hundió el pedal del acelerador, esquivando el tráfico con una pericia que hacía chirriar los neumáticos en cada curva, mientras sus manos apretaban el volante.
En el asiento de atrás, Ian era una masa de músculos contraídos y jadeos erráticos.
—Aguanta, Ian —soltó ella sin apartar la vista del asfalto—. Tengo benzodiacepinas y bloqueadores adrenérgicos en mi maletín de emergencias en casa. Puedo bajar tu ritmo cardíaco antes de que entres en fallo.
Ian golpeó el respaldo del asiento del copiloto y comenzó a aflojarse la pajarita.
—No quiero... químicos —musitó él, su voz era un sonido gutural que le erizó el vello de la nuca a Savanna—. Solo te quiero a ti. Detén el auto... Savanna, detén este maldito auto.
Ella tragó saliva, sintiendo un nudo de ansiedad en la boca del estómago.
«¿Quién carajos había sido capaz de administrarle una dosis tan alta?»
El cálculo clínico en su cabeza le advertía que el tiempo se agotaba, pero la mujer en ella vibraba ante la intensidad del hombre que luchaba por no saltar sobre ella.
Aceleró aún más, pasando un semáforo en ámbar.
No miró por el retrovisor.
Intentó dar un paso, cuando un tirón seco en su muñeca la obligó a girar. Ian la ancló al sitio con una fuerza que no dejaba marcas, pero que no permitía escape. Entonces él se incorporó, sus pupilas devorando el resto de iris que quedaba en sus ojos.
—No te atrevas a irte —gruñó—. El veneno está en mi sangre, Savanna, pero la cura eres tú. Lo sabes.
Ella se quedó estática.
Cada músculo de su cuerpo tensándose, no por el asco que la había perseguido desde los dieciséis años, sino por una descarga que le anudó el vientre.
No hubo náuseas. No hubo ganas de huir. Solo la necesidad de contacto.
De pronto, Ian tiró de ella.
Savanna cayó sobre él, sus manos aterrizando a cada lado. Quedaron a milímetros. Ian subió una mano, rozando su mejilla con el dorso de sus dedos, un gesto que contrastaba con la ferocidad de su mirada.
—Sé que hay un químico quemándome por dentro —susurró, su aliento abrasando los labios de ella—. Pero este fuego no nació en ese whisky. Ya estaba allí. Te deseo desde que te vi entrar en mi vida. Así que… no me mires como a un enfermo, Savanna. Mírame como al hombre que se está muriendo por hacerte suya.
Ella tragó saliva, manteniendo los ojos fijos en los de él, mientras su pulso desbocado delataba que el deseo de Ian no competía con el que sentía ella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!