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ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso! romance Capítulo 28

C28- ELLA ERA PERFECTA.

El pulso en el cuello de Savanna martilleaba con una fuerza que le ensordecía los oídos. Miró los ojos de Ian, encendidos por un hambre que iba más allá del químico en su sangre, y la rigidez que solía apoderarse de sus extremidades ante la proximidad de un hombre se disolvió. Sus pulmones se llenaron de aire, una inhalación profunda que no trajo consigo el pánico de su pasado, sino una urgencia nueva.

El recuerdo de los dieciséis años intentó asomar su sombra, pero el calor que emanaba de Ian lo calcinó al instante. Savanna recorrió con la mirada el rostro del hombre que la sostenía y entendió que, aunque el pasado le hubiera robado la inocencia, este momento le pertenecía solo a ella.

Ian no era un invasor; era su elección.

Sería su primer hombre en todo lo que importaba: en el deseo, en la entrega y en la voluntad.

Por eso relajó los hombros y dejó que su mano subiera con lentitud, delineando la mandíbula de Ian hasta que su pulgar rozó el labio inferior de su marido. Una sonrisa suave, cargada de una determinación que la transformó en una diosa serena, iluminó su rostro.

—No voy a ir a ningún lado, Ian —susurró, firme y sin rastro de duda. —Porque yo también te deseo.

Acortó la distancia final, bajó la cabeza y presionó sus labios contra los de él. El contacto fue una explosión que hizo que Ian soltara un gruñido profundo que vibró en el esternón de Savanna, mientras sus manos se cerraban en su cintura para fundir sus cuerpos en un solo latido frenético.

El beso se prolongó hasta que el aire se volvió insuficiente.

Ian separó los labios un instante para respirar, y la bocanada que escapó de su pecho fue un temblor contenido. La droga en sus venas transformaba cada roce en un latigazo de electricidad cruda.

—Deja… —murmuró él con la voz rota por el deseo—. Déjame tocarte.

Ella asintió antes de que la frase terminara, sintió cómo los dedos de él se crisparon en su cadera. Ella, deseando lo mismo, comenzó a desabrochar los botones de su camisa uno a uno.

La tela se abrió y el torso de Ian quedó expuesto.

Ian soltó un gemido ronco cuando los dedos de Savanna recorrieron sus pectorales definidos, trazando las líneas duras que el gimnasio y la genética italiana le habían regalado. Sus pezones se endurecieron al instante bajo el roce ligero de las uñas de ella. Echó la cabeza hacia atrás, exponiendo la garganta fuerte y masculina, mientras un escalofrío visible recorrió su cuerpo.

La droga ardía en sus venas como fuego líquido, amplificando cada caricia hasta convertirla en pura electricidad.

Ya no había vergüenza, ni control. Solo hambre.

—Tú también… —pidió con voz grave y entrecortada—. Quiero verte.

Se sentía fuerte. Sexy. En control.

Por eso fue a él y presionó deliberadamente su cuerpo contra el suyo. Sus pezones rozaron el pecho de Ian una vez y ella sonrió al oír el gruñido bajo que escapó de su garganta.

La droga multiplicaba cada sensación: el roce de Savanna se sentía como terciopelo caliente, sumado al olor de su cabello que lo embriagaba, y el calor que emanaba de su cuerpo le llegaba en oleadas que lo excitaban todavía más.

Ian sentía que se ahogaba de deseo.

Cada latido de su corazón enviaba otra descarga de la droga a través de su sistema, haciendo que su piel ardiera y que su pene palpitara con una necesidad casi dolorosa. Quería enterrarse en ella, devorarla, hacerla suya de todas las formas posibles.

Pero más que eso, quería que ella lo quisiera con la misma desesperación.

—Te deseo tanto… —susurró Savanna, acostándose junto a él.

Eso fue todo. Ian cerró los ojos un segundo, luchando por no perder el poco control que le quedaba. La droga hacía que cada roce fuera diez veces más intenso, pero era ella quien lo desarmaba por completo.

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