C26: ¿QUÉ TE HICIERON?
Ian apartó el brazo de la mujer con un movimiento seco.
—Quítame las manos de encima si no quieres perderlas —soltó. Su voz era un gruñido ronco, mientras contenía la respiración.
El calor en sus venas se transformó en un incendio. Buscando dejar a la mujer atrás, avanzó hacia el balcón, pero el suelo pareció inclinarse. Sus pulmones exigían aire, pero solo inhalaban el perfume denso de la desconocida que, lejos de amedrentarse, se interpuso de nuevo en su camino con una sonrisa que destilaba una amabilidad fingida.
—Cariño, no te ves nada bien. Estás sudando —dijo ella, estirando la mano para tocarle la frente—. Déjame ayudarte a salir de aquí. Conozco un lugar tranquilo arriba.
La droga dio un latigazo final. Y por un segundo, la silueta de la mujer se volvió borrosa y el instinto de Ian, nublado por el químico, envió una señal de deseo errónea. Su cuerpo reaccionó a la cercanía de la carne, pero su cerebro dio un golpe de mando.
—Déjame en paz —ordenó, empujándola de nuevo mientras su pulso martilleaba en sus sienes.
Entonces…
—¿Algún problema con mi marido?
La voz de Savanna cortó la interacción como una hoja de afeitar. Los había visto desde el pasillo y si esa mujer pensó que tenía oportunidad, ella iba a bajarla de su nube, porque de ninguna manera iba a permitir que otra pusiera las manos en su marido. Por eso, mantenía el mentón en alto, los hombros hacia atrás y una mirada que heló la sangre de la intrusa.
Savanna no caminaba; desfilaba.
La seda de su vestido ondeaba con cada zancada decidida, marcando una autoridad que dejó a la mujer sin habla. Llegó junto a ellos y se colocó frente a Ian, protegiendo su espacio con la ferocidad de una reina y miró a la mujer de arriba abajo, deteniéndose en su escote con un desprecio absoluto.
—Esta no es tu hora.
La mujer apretó el ceño.
—¿Qué?
—La basura se recoge por la mañana, no a esta hora —soltó Savanna y su voz goteaba veneno—. Lárgate de aquí antes de que haga que la seguridad te arrastre por el vestíbulo y todo Manhattan sepa que estás acosando a un hombre casado.
La mujer se tensó, sus ojos parpadearon con miedo antes de dar media vuelta y perderse entre la multitud. Savanna no le dedicó ni un segundo más. Se giró hacia Ian, con las manos en las caderas y una chispa de fuego en los ojos.
—Increíble —dijo ella, aunque su pecho subía y bajaba con agitación—. No puedo dejarte solo ni cinco minutos porque te caen como moscas a la miel. Y tú… pare…
Sus palabras se detuvieron en seco cuando Ian la miró. Sus pupilas estaban tan dilatadas que sus iris azules casi habían desaparecido.
—¿Ian?
El perfume de Savanna, una mezcla de flores blancas y algo puramente suyo, golpeó el sistema de Ian como una descarga eléctrica, haciendo que el afrodisíaco se intensificara.
Atravesaron el salón. Savanna avanzaba con el mentón en alto, mientras Ian apretaba la mandíbula, porque cada vez que el cuerpo de Savanna rozaba el suyo, él libraba una lucha interna por no arrojarla sobre la primera mesa y reclamarla allí mismo.
—Casi estamos fuera —susurró ella, guiándolo hacia las puertas laterales.
Mientras tanto, en un rincón de la estancia, Elias Deveraux dejó la copa de cristal sobre una mesa, sus ojos no se apartaron de la pareja. Su puño se apretó, mientras veía a su amiga de la infancia alejarse con un hombre que apenas podía sostenerse, un hombre que la tocaba con una familiaridad que a él le resultaba insoportable.
Savanna empujó las puertas dobles y el aire frío de la noche neoyorquina los golpeó de frente.
—¡El coche, ahora! —le gritó al aparcacoches, que corrió al ver la urgencia en el rostro de la mujer.
Ian se tambaleó contra el muro de piedra del edificio. Sus manos buscaron los hombros de Savanna, apretándolos con una desesperación cruda.
—Savanna... —su voz fue un ruego roto—. Si me subo a ese coche contigo, no voy a poder detenerme. No soy yo quien controla esto ahora.
Ella le sostuvo la mirada, sin un ápice de miedo. Una de sus manos subió a la nuca de Ian, enredando los dedos en su cabello oscuro para obligarlo a centrarse en ella.
—Lo sé —respondió ella, sus ojos brillando con una resolución que lo dejó sin aliento—. Pero no tengo miedo. Vámonos.
El Bentley negro derrapó frente a ellos. Savanna abrió la puerta trasera de un tirón y empujó a Ian hacia el interior de cuero oscuro.

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