C2-ME DEBES LA VIDA
Savanna arrastró al desconocido hasta la habitación de invitados con ayuda de Jodie, quien no dejó de lanzar miradas nerviosas.
—¿Estás segura de que esto no es secuestro? —preguntó la joven secretaria mientras acomodaban al hombre en la cama.
—Está herido y soy médica. Haz las cuentas.
Jodie levantó las manos en señal de rendición y salió, dejando a Savanna con su improvisado paciente. La lluvia golpeaba contra los ventanales mientras ella cortaba la camisa empapada con unas tijeras, revelando la herida en el costado.
—Vaya desastre —murmuró.
La herida era un corte limpio, no demasiado profundo pero lo suficiente para ser preocupante. Savanna limpió la sangre con movimientos precisos, evaluando el daño.
No había alcanzado órganos vitales, pero necesitaría puntos.
Mientras preparaba el material de sutura, sus ojos se desviaron hacia el rostro del hombre, entonces su mente comenzó a divagar.
¿Quién era? ¿Por qué estaba herido en medio de la carretera? ¿Y si era un criminal? Podría estar metiendo a un asesino en su casa.
Sus manos se detuvieron un momento, pero… respiró hondo y continuó.
Ya era tarde para esas preguntas.
Con movimientos metódicos, desinfectó la herida y comenzó a suturar. Diez puntos precisos cerraron el corte. Aplicó un vendaje y limpió los restos de sangre de su abdomen bien definido.
Terminado el trabajo médico, se permitió observar al desconocido con más detalle.
Era guapo.
Cabello negro, espeso, mandíbula fuerte, nariz recta, labios carnosos. Su cuerpo era atlético, con músculos marcados pero no exagerados.
—Pareces un maldito dios griego —susurró—. Lástima que los hombres guapos siempre sean los más peligrosos.
Sin embargo, su curiosidad venció a su cautela. Extendió la mano, queriendo tocar su rostro, comprobar si era real o si el estrés del día la había llevado a alucinar a este hombre perfecto en su cama.
Sus dedos estaban a centímetros de su mejilla cuando, en un movimiento imprevisto, una mano se aferró a su muñeca con fuerza. Savanna ni siquiera tuvo tiempo de jadear antes de sentir el frío metal de un bisturí contra su cuello —su propio bisturí, que había dejado sobre la mesita auxiliar.
Los ojos del hombre se abrieron de golpe.
Eran azules, intensos, como el océano en plena tormenta y la miraban con una mezcla de confusión y amenaza. El corazón de Savanna comenzó a galopar contra su pecho, su respiración se aceleró, pero mantuvo la voz firme cuando habló.
—Si me cortas, te desangras.
El hombre entrecerró los ojos, sin aflojar su agarre.
—¿Quién eres? —preguntó con voz ronca.
—La persona que acaba de salvarte la vida. Diez puntos en tu costado. Y si haces un movimiento brusco, los romperás y volverás a sangrar.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!