C127- ¿QUE HICE? ¿QUE DIJE?
Había pasado un mes.
Treinta días que pesaban sobre los hombros de Braxton.
Treinta mañanas despertando en un apartamento donde el eco de una puerta cerrada con un golpe seco todavía vibraba en las paredes.
Aun así, durante las últimas semanas, había intentado cada estrategia humana para romper el muro de hielo que Jodie había levantado entre los dos. Se había presentado en Hayes Holding con la excusa de entregar carpetas que ella misma había olvidado, le había enviado flores que terminaban en el contenedor de basura de la recepción y la había esperado en las esquinas oscuras de Queens bajo lluvias torrenciales que no lograban enfriar la fiebre de su desesperación.
Pero la respuesta siempre era la misma: terminamos.
Y ya estaba al límite.
La falta de sueño y la incertidumbre le carcomían la cordura, arrastrándolo a un vacío donde el dolor se transformaba, minuto a minuto, en una rabia sorda y peligrosa.
El zumbido de las pantallas de alta resolución en el búnker privado de Ian apenas lograba perforar la bruma de sus pensamientos. Ian caminaba de un lado a otro, gesticulando frente al mapa holográfico de las propiedades de Richard Voss, soltando directrices con la precisión de un general en tiempos de guerra.
—El próximo movimiento con Richard tiene que ser quirúrgico —ordenó—. Vamos a soltar las pruebas y cuando el equipo lo traiga a nosotros, tendrá que darme lo que quiero… ¿Entiendes? Tenemos que acorralarlo antes de que mueva sus influencias.
Braxton seguía con la vista fija en un punto muerto del escritorio de madera. Las palabras de su amigo flotaban a su alrededor como estática. En su mente no había códigos, ni estrategias, ni imperios financieros caídos; solo estaba la última imagen de Jodie.
—¿Me estás escuchando? —La voz de Ian cortó el aire, perdiendo su tono estratégico para teñirse de impaciencia.
Braxton salió de su estupor y soltó un suspiro largo, cargado de frustración acumulada.
—Sí, perdón... Ian...
Ian frunció el ceño cruzando los brazos sobre el pecho mientras detenía su caminata.
—Carajos, Braxton, te necesito aquí, no en las nubes —reclamó—. Esto es importante. Necesito tu cabeza en el juego.
El reproche funcionó como la chispa final en un polvorín. Porque Braxton se levantó de la silla con una violencia que hizo que las carpetas del escritorio se deslizaran al suelo y le soltó una mirada de una hostilidad a su amigo que nunca antes le había dirigido.
—¡Estoy harto de tu maldito juego, Ian! —estalló—. Siempre se trata de ti. De tus putos problemas, de tus venganzas, de tus mierdas financieras. Planeas la vida de todos como si fuéramos piezas de ajedrez en tu tablero personal y no te das cuenta de que los demás también tenemos una vida. ¡Tenemos problemas reales, situaciones que nos están destruyendo y a ti te importa un carajo!
Ian retrocedió medio paso, completamente desconcertado.
—¿Y Savanna sabe de esto?
—No lo sé. Estos últimos días he ido a la empresa, pero ella solo repite que no va a cambiar de parecer, que la deje en paz —respondió Braxton, pasándose las manos por el cabello en un gesto de pura desesperación—. En cuanto a Savanna, dudo mucho que tenga tiempo de notar algo. Tú la tienes encerrada para ti solo. ¿O es que no le pediste que trabajara desde tu lujosa casa? ¿Con qué tiempo va a ver a Jodie? En una llamada telefónica no te enteras de nada, Ian, menos cuando la otra persona se limita a decirte un "sí, estoy bien" Me preocupa, la amo... y juro que no sé qué más hacer para salvarla de lo que sea que la está matando por dentro.
Ian suspiró profundamente, mientras el peso de la culpa por haber acaparado la atención debido al embarazo de su mujer le tocaba el hombro.
—Ok, hagamos algo —propuso Ian, adoptando un tono resolutivo—. Hoy mismo voy a hablar con Savanna. Y no, no la acaparo por capricho... es solo que está en los últimos días. Mi hija puede nacer en cualquier momento, Braxton, solo quiero que esté a salvo. Pero hablaré con ella para que averigüe qué ocurre. En cuanto a Jodie... puedes hackear su teléfono para revisar sus mensajes o geolocalización.
Braxton negó con la cabeza de inmediato y una sonrisa amarga se dibujó en su rostro.
—Cambió de número, Ian. Hace dos semanas.
Las cejas de Ian se alzaron aún más, denotando una alarma genuina. El panorama ya no parecía un simple bache amoroso; olía a un intento desesperado de desaparecer del mapa.
—Entonces... de verdad te está dejando por fuera de todo.
—Sí —sentenció Braxton, y el dolor de su orgullo herido se mezcló con el miedo absoluto a perderla para siempre—. Y eso es lo que más me jode. ¿Qué hice? ¿Qué dije? Solo... solo tiene que decírmelo y lo cambiaré. Ella me importa más que mi propia vida, Ian... y no voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo se destruye sola.

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