En el baño.
Esmeralda estaba apoyada con elegancia contra el marco de la puerta, sosteniendo un cigarrillo delgado entre los dedos.
A través del gran espejo de cuerpo entero, observó a Ronan acercarse por el pasillo.
—Señorita Oliva, discúlpeme, pero no entiendo a qué juega. ¿Qué significa todo esto? —preguntó él en un tono serio.
Esmeralda sonrió de medio lado y sacudió con ligereza la ceniza del cigarrillo.
—Fui bastante obvia, hasta Macarena se dio cuenta. ¿Me vas a decir que tú no?
Ronan frunció el ceño ligeramente.
No era que no se hubiera dado cuenta, pero a sus ojos, ellos apenas se conocían. No sentía ninguna conexión emocional con ella y consideraba que todo este repentino interés era demasiado forzado. Para él, era evidente que Esmeralda solo estaba aburrida y quería jugar con él.
Tras pensarlo un segundo, decidió ser diplomático.
—Lo siento, señorita Oliva. Usted merece a alguien mejor.
Esmeralda levantó una ceja, intrigada.
Se separó del marco, apagó el cigarrillo y caminó a paso lento hasta quedar frente a él.
—¿Y qué pasa si, a mis ojos, tú ya eres ese alguien mejor, y estoy decidida a ir por ti?
Con sus dedos largos y delicados, Esmeralda tomó la corbata de Ronan. Cuando levantó la vista para mirarlo, sus ojos brillaban con una seducción letal.
Estaban tan cerca que Ronan sintió el impulso inmediato de retroceder.
Como si hubiera leído su mente, Esmeralda dio un tirón rápido y firme a la corbata. Tomado por sorpresa, Ronan perdió el equilibrio y cayó hacia adelante, a centímetros de chocar contra su cuerpo.
Por puro reflejo, él levantó los brazos y apoyó ambas manos contra la pared, justo a los lados de la cabeza de ella, acorralándola sin querer.
—¡Uy, perdón! —exclamó Moana, que acababa de salir de la habitación de arriba y se topó de frente con la escena.
Al darse cuenta de la tensión, se tapó la boca muerta de vergüenza y, bajo la mirada de ambos, se metió rápidamente de vuelta al cuarto.
Ronan dio dos pasos hacia atrás, y esta vez, su tono reflejaba un claro enojo.
—Señorita Oliva, ya fue suficiente. Deje de jugar.
Al ver que realmente había colmado su paciencia, Esmeralda decidió dejar las bromas de lado.
—A Lea le pasó algo —dijo de golpe, yendo directo al grano.
Ronan, que todavía intentaba recuperar la compostura por el atrevimiento de Esmeralda, se quedó paralizado.
—¿Qué dijiste? —preguntó, con el ceño profundamente fruncido.
La preocupación lo invadió y, sin darse cuenta, acortó la distancia y la tomó con fuerza por los brazos.

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