—Mmm, la verdad es que está muy buena —dijo Esmeralda, soltando el tenedor—. Es justo mi tipo.
Moana, al verla comer, se levantó casi por instinto.
—Entonces voy a poner un poco más...
—Gracias, pero no es necesario —la interrumpió Esmeralda. Luego, clavó la mirada en Ronan y esbozó una sonrisa cargada de intención—. Lo bueno, si es breve, es dos veces bueno. Demasiado termina empalagando.
Se limpió las manos con elegancia y se puso de pie.
—Sigan disfrutando, iré un momento al tocador.
Sin decir más, Esmeralda dio media vuelta y se alejó.
Macarena, que no había quitado los ojos de ellos dos, fue testigo de todo el coqueteo descarado que Esmeralda le había dedicado a Ronan.
Cuando Esmeralda desapareció por el pasillo, era evidente que Ronan no podía pensar en otra cosa. Su cuerpo entero delataba que quería ir tras ella.
Sin embargo, algo parecía retenerlo, como si estuviera dudando.
Macarena supuso que, al haber tanta gente en la mesa, al pobre hombre le daba vergüenza actuar frente a todos.
Tal vez sintiendo la mirada de Macarena, Ronan volteó hacia ella. Rápidamente, Macarena bajó la cabeza y se concentró en su plato, fingiendo que la comida era lo más interesante del mundo y que no había visto absolutamente nada.
Unos segundos después, Ronan se levantó de su silla.
—Tengo que responder un mensaje urgente —se excusó.
Y con eso, él también desapareció de la mesa.
La cena ya estaba llegando a su fin. Perla y Moana, dándose cuenta de la situación, inventaron la excusa de ir a jugar con los gatos al piso de arriba, dejándolos a Benicio y Macarena completamente solos para darles su propio espacio.
—¡Aquí hay algo! —exclamó Macarena, emocionada, sacudiendo suavemente el brazo de Benicio—. De verdad no me esperaba que terminaran juntos, pero tengo que admitir que hacen una pareja increíble.
Pero, de manera extraña, Benicio no compartió su entusiasmo. De hecho, parecía tener la mente en otro lado.
Macarena tuvo que llamarlo un par de veces más para que reaccionara.
Él esbozó una sonrisa mientras se giraba para mirarla, pero en realidad estaba usando toda su fuerza de voluntad para soportar una punzada de dolor repentina y aguda en los ojos. Era un dolor sin previo aviso, feroz y aplastante, tanto que ni siquiera había escuchado lo que Macarena le acababa de decir.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella, notando de inmediato que algo andaba mal—. ¿Te sientes mal? Ven, vamos arriba para que descanses.
Benicio hizo un gesto con la mano, restándole importancia.

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