A la mañana siguiente.
Zoa llamó a la puerta de Cristian como de costumbre.
—Cristian, vine a darte los masajes en las piernas.
Cristian estaba recostado en la cabecera, ojeando unos documentos sin molestarse en levantar la mirada.
Solo dio una orden helada:
—Lo de siempre.
Debía lavarse con desinfectante y ponerse los guantes.
Zoa miró sus manos, que aún seguían enrojecidas, pero lo hizo de todos modos.
Después, se arrodilló a medias junto a la cama y empezó el masaje.
Se sabía de memoria dónde presionar y cuánta fuerza usar, podía hacerlo hasta con los ojos cerrados.
En el pasado, para que Cristian se sintiera mejor, se pasaba las noches viendo videos tutoriales y practicando.
Incluso cuando los dedos se le acalambraban, sentía que valía la pena.
Hoy, sus movimientos eran increíblemente descuidados, e incluso le apretó donde no debía.
Cristian sintió la incomodidad de inmediato y frunció el ceño con irritación.
Al levantar la vista, vio el rostro de Zoa, que parecía estar enferma.
Su cara, naturalmente atractiva, ahora tenía un aire de fragilidad que la hacía ver más tierna.
Era un encanto sumamente cautivador.
Él cerró la carpeta y se burló:
—¿El plan no funcionó y ahora tratas de fingir que estás enferma?
Las manos de Zoa se detuvieron en seco.
—No es eso. Me duele mucho la herida, creo que amanecí con fiebre... ¡Uf!
Su voz fue ahogada cuando Cristian la tomó del mentón con fuerza.
—Zoa Serna, ¿qué otros trucos tienes para seducir hombres? Sácalos todos.
—No... —intentó explicar Zoa, aguantando el dolor—. No estaba seduciéndote, jamás te seduciría...
En toda su vida solo había intentado seducir a un hombre.
Y fue anoche, a Rio.
Qué lástima que él ni se inmutó.
Zoa no sabía qué parte no le había quedado clara.
Cristian no solo no la soltó, sino que apretó con más fuerza.
—Repítelo.
Su voz seguía siendo gélida, pero por alguna razón había un poco más de furia en su tono.
Zoa sintió que el dolor apenas le dejaba respirar, por lo que solo pudo repetir palabra por palabra.
—Dije que jamás te seduciría... ¡Ah!
No había terminado de hablar cuando Cristian la empujó lejos.
Su espalda golpeó el piso, y la herida volvió a abrirse y sangrar.
Cristian no quería dar de qué hablar durante el Mes de la Devoción, así que no le quedaría otra que mandarla al hospital.
Mientras pensaba, el auto frenó de golpe.
El chofer bajó la ventanilla y se disculpó repetidas veces:
—Lo siento, Mateo, no quería invadir su carril, mejor que pase el auto de Don Rio primero.
¿Rio?
Zoa miró a escondidas por la ventana y vio alejarse un vehículo negro.
Era igual que el hombre.
Frío, sin detenerse por nadie.
...
En el otro auto.
Mateo, el asistente, se inclinó para entregarle unos documentos a Rio y de paso miró el coche que se iba alejando detrás de ellos.
—Esa era la señora Quintero. Esta mañana vi que los empleados la sacaban cargada del patio.
—Mmm.
El hombre, con el rosario rojo de tres vueltas rodeándole la muñeca, se masajeaba la frente con los dedos.
Con la misma expresión calmada y solemne de siempre, revisaba concentrado los documentos en su regazo.
Como si anoche él no hubiera sido quien le curó la herida a Zoa.
Pero los dedos en su frente se detuvieron de forma imperceptible por un par de segundos.

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