Apenas terminó de maldecirlo en su mente, Cristian ya se había plantado frente a ella.
Su expresión era indiferente, fría como el hielo.
Ni siquiera a su peor enemigo lo trataría con tanto desprecio.
Zoa sonrió con amargura en su interior. ¿Acaso no era ella la enemiga de Cristian?
En ese momento, Don Claudio se acercó con las manos entrelazadas en la espalda.
—Cristian, el asunto de la fertilización in vitro se acabó. Déjalo así.
Su tono autoritario dejaba entrever un claro disgusto.
Era evidente que no estaba nada satisfecho con cómo su nieto había manejado las cosas.
Aunque era un hombre mayor, Don Claudio seguía teniendo el control absoluto y no tenía un pelo de tonto.
Siempre había sabido cómo trataba Cristian a Zoa.
Pero para él, una simple mujer como ella no tenía la menor importancia.
Podía hacer la vista gorda frente a cualquier cosa que su nieto le hiciera, siempre y cuando no arrastrara el honor de la familia por el suelo.
Ante la reprimenda, el rostro de Cristian se tensó, pero terminó bajando la cabeza.
—Sí, abuelo.
Al ver que el patriarca estaba molesto, Doña Leonora perdió las ganas de seguir atormentando a Zoa y se apresuró a sostenerle el brazo al anciano.
—Don Claudio, ya es tarde. Permítame acompañarlo a su habitación para que descanse. Le aseguro que Cristian se encargará del resto.
El anciano no dijo nada más y se marchó con su séquito.
En un instante, la enorme sala de estar quedó vacía, ocupada únicamente por Zoa y Cristian.
Como no quería compartir el mismo oxígeno que él, dio dos pasos hacia atrás.
—Iré a mi habitación a redactar el comunicado.
Apenas se dio la vuelta, el rostro de Cristian se ensombreció. La agarró de la muñeca con tanta fuerza que casi le disloca el brazo.
Tiró de ella y la obligó a tropezar hasta quedar a escasos centímetros de su rostro.
—Zoa, deja de hacer estupideces sin sentido.
Ella clavó sus ojos en los de él, viendo el evidente fastidio en su mirada. La rabia que había estado tragándose se mezcló con un nudo de resentimiento.
Y, de repente, estalló.
—¿Ah, sí? Si el señor Cristian cree que no merezco ni siquiera seguir respirando, ¡entonces mátame de una vez! ¡Cobra tu venganza por Isabella y acabemos con esto!
Zoa prácticamente le gritó en la cara.
Los segundos de silencio que siguieron fueron tan pesados que asfixiaban.
Cristian la observó fijamente, con una mirada que parecía querer atravesarla, mientras la presión de sus dedos sobre su muñeca aumentaba sin piedad.
Su piel de porcelana no tardó en marcarse con huellas profundas.



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