Zulema estaba a punto de replicar, pero Sebastián la interrumpió.
—Tengo unas cosas que arreglar por aquí, iré a resolverlas. Hablaremos cuando tenga tiempo.
Zulema asintió y Sebastián finalizó la llamada. Se quedó mirando la pantalla oscura de su celular, y una curiosidad inexplicable comenzó a crecer en su interior.
¿A qué se refería Sebastián? Esa mención sobre una sorpresa la había dejado intrigada, pero él se negaba a dar más detalles y no había forma de adivinar de qué se trataba.
Zulema soltó una pequeña carcajada, negó con la cabeza y decidió apartar esos pensamientos. Después de comer, regresó a su escritorio y continuó trabajando en los documentos para el seminario. Estuvo ocupada toda la tarde, olvidándose por completo de la llamada.
Por la noche, Zulema miró la hora y se estiró. No podía creer que había estado trabajando hasta el anochecer sin detenerse a descansar ni un solo minuto.
Se frotó un poco la espalda, se puso de pie, guardó sus documentos y condujo hacia la escuela de Cereza.
La entrada de la escuela estaba llena de padres esperando a sus hijos. No llevaba mucho tiempo allí cuando vio salir al grupo de la niña. Enseguida divisó a Cereza, con su pequeña mochila rosa, corriendo hacia ella.
Al parecer, Sebastián ya le había dicho que ella pasaría a recogerla. La carita de Cereza rebosaba de felicidad.
—¡Zuly!
Zulema retrocedió medio paso para aguantar el impacto cuando la niña se le lanzó encima, y la recibió con una sonrisa.
—¿Qué pasó? ¿Por qué está tan feliz mi niña?
Cereza le contó, riendo de oreja a oreja.
—¡Hoy en la clase de arte hice un dibujo tuyo, de papá y mío! ¡Somos una familia de tres! ¡La maestra incluso pegó mi dibujo en la pared del salón!
Zulema la escuchó y le acarició la cabeza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir