Zulema se quedó inmóvil, abrió la boca para aclarar que no estaba huyendo de él, pero se tragó las palabras.
Felipe, de pie detrás de ella, observó la espalda de Sebastián, frunció el ceño y se acercó a Zulema.
—Iré al Instituto para hablar con mi madre y cubrirte. Le diré que fuiste a revisar unos datos a otra sucursal esta mañana. Vete con él, no hagas sentir mal a la niña.
Zulema giró a mirarlo, moviendo los labios con intención de decirle algo.
Pero Felipe ya se había despedido con un gesto de la mano y caminaba a zancadas hacia otro sector del estacionamiento.
Se quedó mirando cómo la figura de su amigo se perdía en la luz de la mañana, y finalmente tomó la mano de Cereza para dirigirse al auto de Sebastián.
Por otro lado, la noche anterior, cuando Alberto Fajardo volvió del hospital, su rostro estaba tan oscuro como una tormenta inminente. Entró a la casa, ni siquiera se quitó los zapatos y se encerró directamente en el estudio.
Úrsula Salazar se quedó sentada en la sala toda la noche, viendo cómo la luz que se filtraba por debajo de la puerta del estudio permanecía encendida hasta el amanecer.
No se atrevió a tocar la puerta. Se quedó ahí, sentada en el sofá, con el corazón encogido por la angustia.
Por la mañana, Alberto finalmente abrió la puerta y salió. Su rostro no mostraba una furia evidente, pero esa calma aterraba a Úrsula más que cualquier grito.
Se levantó nerviosa, dio unos pasos hacia él y preguntó con cautela.
—Alberto... ¿Cómo está Zulema? Me enteré que está en el hospital.
Alberto se detuvo y la miró. Sus ojos nunca habían estado tan fríos.
—Úrsula, ¿de verdad no tienes nada que ver con esto?
El corazón de Úrsula dio un vuelco y se clavó las uñas en las palmas de las manos.
Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante y su voz se quebró, haciéndose la víctima.

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