Cereza se negaba rotundamente a irse. Acostada junto a la cama, sostenía los dedos de Zulema con sus manitas, repitiendo con los ojos llenos de lágrimas que quería quedarse con ella.
Zulema tardó bastante en calmarla. Le prometió que podría volver a verla a primera hora de la mañana y hasta sellaron la promesa entrelazando los meñiques. Solo entonces Cereza permitió, a regañadientes, que el asistente se la llevara en brazos.
La habitación finalmente quedó en silencio, dejando a Felipe y a Zulema a solas.
Felipe acercó una silla junto a la cama y escuchó mientras Zulema le relataba de principio a fin todo lo que había ocurrido esa noche.
Al terminar de escucharla, los ojos de él estaban inyectados en sangre, tenía los puños tan apretados que los nudillos se le pusieron blancos y las venas del dorso de las manos parecían a punto de estallar.
Se levantó apretando los dientes, con la voz tan baja que cada palabra parecía triturada antes de salir de su boca.
—Iré ahora mismo a acabar con ese infeliz.
Zulema extendió la mano, lo tomó de la muñeca y negó con la cabeza.
—Olvídalo, Feli. En este momento no quiero causar más problemas.
Felipe se quedó de pie junto a la cama, con el pecho subiendo y bajando violentamente. Tras varios segundos, volvió a sentarse.
Sabía que ella tenía razón. Lo más importante ahora era que se recuperara, no salir a buscar venganza a ciegas.
Tardó un buen rato en lograr que su voz no temblara tanto al hablar.
—¿Y vas a dejar que esto se quede así?
Zulema se apoyó en la almohada. Su tono fue tranquilo, pero su mirada era de hielo.
—Por supuesto que no. Voy a demandar a Yolanda Silva. Y me va a devolver hasta el último centavo de esos quinientos mil.
—Te apoyo —dijo Felipe, sin dudar ni un segundo.
Zulema cerró los ojos, sintiendo un agotamiento profundo en el alma.
Diez años de amistad, un préstamo de quinientos mil y una trampa meticulosamente planeada. Era realmente decepcionante.
Se subió un poco las sábanas y murmuró suavemente.
—Descansa un poco tú también, Feli.
Se puso de lado y no dijo más.
Felipe desdobló la silla de acompañante y se sentó junto a ella. Apagó la luz principal del techo y dejó solo una pequeña lámpara de noche. La luz anaranjada bañó el perfil de Zulema; con los ojos cerrados, sus pestañas temblaban levemente bajo el resplandor.

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