En ese instante, el celular de Sebastián vibró. Miró la pantalla, contestó, respondió un par de cosas de forma cortante y colgó.
Al ver que guardaba el teléfono, Zulema tomó la iniciativa, sin querer quitarle más tiempo.
—Señor Ríos, si tiene asuntos urgentes, por favor, vaya a atenderlos. Yo puedo arreglármelas sola, ya me siento mucho mejor.
Sebastián guardó el celular en el bolsillo interior de su traje. Su tono fue neutral, aunque dejaba escapar un levísimo rastro de resignación.
—Es Cereza. Quiere venir a verte.
Zulema se quedó atónita y, por inercia, se enderezó un poco en la cama.
—¿Cereza también se enteró de esto?
—Solo le dije que estabas enferma en el hospital —explicó él—. Y se empeñó en venir, no hubo forma de detenerla.
Zulema frunció el ceño y miró por la ventana hacia la oscura noche, preocupada.
—Ya es muy tarde. Cereza necesita descansar, no creo que sea buena idea.
Sebastián se recostó en el sofá y, en un gesto raro en él, una leve y resignada sonrisa asomó a sus labios.
—Si no la dejo venir, hará un berrinche y se tirará al piso a llorar abrazada a mi pierna.
Zulema se frotó el puente de la nariz, a punto de decir algo más, cuando escuchó un suspiro casi imperceptible del hombre; sonaba entre divertido y derrotado.
—Dejemos que venga, o nadie podrá descansar en paz esta noche.
Zulema no tuvo más remedio que aceptar y volvió a recostarse en las almohadas.
Poco después, unos pasos apresurados resonaron en el pasillo. Cereza abrió la puerta de golpe y entró corriendo, con la angustia pintada en su carita.
Pero detrás de ella entró alguien más: Felipe.
Zulema se sorprendió. ¿Cómo se había enterado él?
Al verla, Felipe se quedó petrificado en el umbral de la puerta.

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