Zulema giró la cabeza y vio a Sebastián. Estaba sentado en la silla junto a la cama, recostado contra el respaldo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Tenía los ojos cerrados, pero su voz sonó tan lúcida que no dejaba rastro de haber estado dormido.
Llevaba puesta la misma camisa de la noche anterior. Las manchas de sangre en los puños ya se habían secado, convirtiéndose en marcas de un rojo oscuro y apagado.
Zulema se quedó sin palabras. ¿Había pasado toda la noche ahí sentado sin moverse? Esa noticia era más impactante que descubrir vida en otro planeta.
Tosió suavemente; tenía la garganta seca como lija.
—Señor Ríos, ¿qué hace usted aquí?
Sebastián abrió los ojos sin responder directamente a su pregunta. Se inclinó un poco hacia adelante y le habló con tono tranquilo.
—¿Cómo te sientes? ¿Todavía te duele la herida?
Zulema negó con la cabeza.
—Ya no me duele.
Obviamente era mentira. Le habían dado un montón de puntos. Ahora que el efecto de la anestesia había pasado, todo el brazo le palpitaba de dolor.
Pero pensó que quejarse con ese hombre no serviría de nada. Seguro volvería a pensar que intentaba manipularlo, así que prefirió ahorrarse las explicaciones.
Al bajar la mirada por accidente, se quedó paralizada. El reloj que ella le había regalado antes... ¡lo llevaba puesto en la muñeca!
La esfera del reloj brillaba con un tono metálico y frío bajo la luz de la mañana, y la correa se ajustaba perfectamente a su muñeca.
Un hombre tan desconfiado como Sebastián Ríos, ¿usando algo de procedencia «dudosa»?
Al notar su mirada, Sebastián bajó los ojos hacia su propio reloj y habló con su habitual tono imperturbable.
—Lo mandé a arreglar hace unos días y me lo entregaron ayer.
Zulema tragó saliva, sintiendo la garganta aún más reseca.

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