Cereza no quería que Zulema se pusiera triste. Bajó la cabeza, se mordió el labio durante un largo rato y finalmente accedió.
—Está bien.
El asistente se acercó, la tomó de la manita y la guió fuera de la habitación. Al llegar a la puerta, Cereza giró la cabeza para darle una última mirada a Zulema, antes de seguir al asistente de mala gana.
La puerta se cerró suavemente, dejando la habitación en un silencio absoluto, interrumpido únicamente por el constante y rítmico pitido del monitor de signos vitales.
Sebastián arrastró una silla y se sentó junto a la cama. Sus ojos, siempre agudos y calculadores, se clavaron fijamente en el pálido rostro de Zulema.
Se sentía desconcertado ante la mujer que tenía enfrente. Después de tantos años dominando el mundo de los negocios y lidiando con la cara más oscura y perversa de la gente, había dejado de creer en la bondad humana.
Asumía que todos los que se le acercaban tenían intenciones ocultas, y más aún quienes intentaban ganarse a Cereza. Había analizado a Zulema bajo ese mismo lente de desconfianza incontables veces, llegando siempre a la misma conclusión.
Pero hoy, Zulema le había dado una bofetada de realidad.
Realmente existía alguien capaz de usar su propio cuerpo como escudo para proteger a una niña con la que no compartía ni una gota de sangre. En el instante en que el cuchillo iba a caer, ella no lo dudó ni un segundo.
Sebastián lo había visto todo desde la puerta; su cuerpo había actuado mucho antes de que su cerebro pudiera siquiera pensarlo.
Se quitó los lentes, los dejó sobre la mesita de noche y se pellizcó el puente de la nariz.
El estrés y la adrenalina de toda la noche cayeron sobre él de golpe, transformándose en una pesada fatiga. Ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que se había quedado velando el sueño de alguien.
Justo cuando iba a cerrar los ojos, recostado en el respaldo de la silla, su celular vibró.
Era su asistente, reportando con tono estrictamente profesional.

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