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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 139

Alberto miraba fijamente la pantalla del teléfono, y una sensación de frustración incomprensible invadió su pecho. Arrojó el aparato con furia al suelo, pero el brusco movimiento le hizo tirar de las heridas de su espalda y, de inmediato, aspiró una bocanada de aire por el agudo dolor.

La señora Fajardo seguía a su lado, sin parar de llorar. Se limpiaba las lágrimas mientras no dejaba de repetir:

—Mira qué malagradecida. ¡Le diste la cara y terminaste con la espalda desecha, y ella ni siquiera fue capaz de darte las gracias! ¡No debiste haberte sacrificado por ella!

El sonido en la mente de Alberto era como un zumbido, el dolor de las heridas en su espalda latía con fuerza, y los quejidos de su madre no dejaban de atormentarlo.

Contuvo la rabia una y otra vez, hasta que no pudo aguantar más y gruñó:

—¡Basta ya! ¡No hablemos más de ella!

El grito hizo que la señora Fajardo se sobresaltara, y hasta se olvidó de secarse las lágrimas que caían por su rostro.

Miró a su hijo con total incredulidad.

—¿Por qué me gritas así? ¡Solo siento que fuiste un tonto! ¡Tu buena voluntad no fue valorada en absoluto! Te lo dije hace tiempo, Zulema no es la clase de mujer que vale la pena. Te empeñaste en casarte con ella. ¡Menos mal que te diste cuenta y usaste la identidad de tu hermano para comenzar de nuevo! Y mírala ahora, ¡sigue siendo una maldición en nuestra familia!

A Alberto le latía la cabeza como si estuvieran a punto de estallar sus sienes. El dolor intenso de las treinta marcas en su espalda seguía supurando, y el dolor le atravesaba hasta los huesos en constantes oleadas.

Cerró los ojos y, en un tono exhausto, le pidió que se marchara.

—Mamá, por favor vete. Quiero estar solo un rato.

La señora Fajardo dio un paso al frente con preocupación en la mirada.

—Pero si todavía tengo que curarte.

Alberto hizo un gesto con la mano, rechazando la ayuda.

Úrsula intervino a tiempo, su voz sonaba dulce y complaciente.

—Señora, yo me encargo de él. Ha sido un día largo, vaya a descansar.

El rostro de la señora Fajardo finalmente se suavizó. Le dio unas palmaditas en el dorso de la mano y su tono denotaba aprobación.

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