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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 140

Perdió el control y elevó el tono de voz de manera involuntaria.

—¡De verdad que no! ¡Cuántas veces te lo tengo que decir para que me creas!

Las manos de Úrsula se paralizaron por completo.

Ambas manos quedaron suspendidas en el aire, con las yemas todavía impregnadas de la crema blanca. Lo miró con los ojos muy abiertos, le temblaron los labios, y lágrimas silenciosas resbalaron por su rostro mientras su voz revelaba una total incredulidad.

—Alberto, ¿me acabas de gritar? ¿Me gritaste por defender a Zulema? ¿Sigues siendo el mismo hombre del que me enamoré?

Retrocedió dos pasos, la tapa del remedio cayó al suelo rodando un par de veces. Su rostro reflejaba el dolor de la traición y lloró con más fuerza que antes.

—Ya entiendo. Aparezco por aquí, sobro. Mejor me marcho. Si no estoy, ya no te molestaré más.

Se dio la vuelta y se disponía a marcharse. Sin importarle el dolor en su espalda, Alberto saltó de la cama, dio un par de pasos y la abrazó con fuerza por detrás.

El movimiento fue tan brusco que varias de las heridas recién coaguladas se abrieron simultáneamente y la sangre comenzó a empapar las vendas una vez más.

Gimió por el dolor y un sudor frío apareció en su pálida frente, pero estrechó su abrazo con más intensidad.

—Ursi, no te vayas.

Úrsula no esperaba esa reacción, ahogó un grito, y rápidamente se dio la vuelta para sostenerlo de los brazos.

Al ver la sangre fresca en su espalda, lloró con más intensidad mientras lo ayudaba a regresar a la cama.

—¡No me voy, pero ¿por qué te levantas?! Estás malherido. ¡Qué vamos a hacer si tus heridas se abrieron otra vez!

Con la ayuda de Úrsula, Alberto volvió a recostarse. Tenía la frente bañada en sudor debido al sufrimiento, pero de todos modos giró la cabeza y sonrió al verla.

—Sabía que te preocupabas por mí. Me levanté por el miedo de que te marcharas y sufrieras por mi culpa.

Extendió la mano para sostener la muñeca de Úrsula, y sus dedos acariciaron con suavidad el dorso de su mano. Su voz era débil a causa del dolor.

—Ursi, escúchame bien. Si no te amara, ¿por qué tomaría la identidad de mi hermano para comenzar de nuevo? Todo lo que he hecho, ¿no es prueba suficiente?

Estas palabras por fin calmaron el temor que la había angustiado toda la noche.

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