Cereza se mordió el labio. No quería pedirle perdón a esa mujer. Ella era quien siempre molestaba a Zuly; cada vez que aparecía, la hacía sentir mal.
Además, no había hecho nada malo, solo no quería que esa mano tocara su cabello.
Sebastián la miró desde arriba con una frialdad que nunca le había dirigido.
Cereza siempre había sido una niña obediente, de esas que no daban problemas ni requerían regaños. Las reglas y los buenos modales estaban grabados en su naturaleza.
Pero ahora, tras pasar unos días con Zulema, había aprendido a ser rebelde. Él nunca le había enseñado eso. Definitivamente, había sido un error permitir que esa mujer se acercara a su hija.
—Discúlpate —repitió él, bajando el tono aún más, hasta volverlo completamente glacial.
Los labios de Cereza temblaron, y las lágrimas que intentaba contener finalmente rodaron por sus mejillas. Soltó rápidamente:
—Lo siento.
Y tras decir esas palabras, dio media vuelta y salió corriendo, envuelta en llanto.
El ceño de Sebastián se frunció aún más. Le lanzó una mirada significativa a su asistente, quien de inmediato entendió la orden y salió corriendo detrás de la niña.
Luego, se dirigió a Alberto y a Úrsula con un leve asentimiento. —Mis disculpas, la niña no sabe comportarse.
Úrsula mantuvo su sonrisa dulce y comprensiva. —No se preocupe, presidente Ríos. Son cosas de niños, es completamente entendible.
Milagros, que estaba a un lado con la cabecita levantada, miraba a Úrsula llena de confusión.
No entendía por qué Cereza odiaba tanto a la señorita Ursi, si ella era tan buena. Miró el muñequito de peluche que tenía en la mano, hizo un puchero y pensó que había desperdiciado ese regalo.
Sebastián y Alberto cruzaron miradas, sonrieron por pura cortesía y regresaron a sus respectivos asientos.

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